Turquía en el proceso de integración europeo

Victoria pírrica y algo peor

La ilegalización del Partido de la Sociedad Democrática (DTP) aleja a Ankara de la Unión Europea

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MARÍA TITOS

MARÍA TITOS

La reciente ilegalización del DTP o Partido de la Sociedad Democrática, kurdo, a instancias del Tribunal Constitucional turco, es un hecho sobre el que la prensa occidental ha pasado de puntillas. Más embarazosa todavía ha sido la difusión de las fotografías que mostraban alcaldes kurdos, elegidos democráticamente en su día por el DTP, sindicalistas, abogados, todos ellos vergonzosamente esposados y encolumnados por las calles de Diyarbakir. La comparación que se hizo con Batasuna no es acertada; en palabras del diplomático turcoAkin Özçer,experto en nacionalismo vasco, «el DTP no era solo Batasuna, sino también el PNV y EA», dictamen totalmente ajustado a la realidad.

Durante las pasadas Navidades, la imagen de los detenidos paseados por las calles de la capital kurda nos llevaba a otras épocas, y de ese mismo periodo surgía la iniciativa del Tribunal Constitucional, dirigido, sobre todo, contra el Gobierno islamista. En Turquía, jurisprudencia y Fuerzas Armadas siguen siendo poderosos reductos de la derecha autotitulada kemalista, dispuesta a sabotear toda aquella iniciativa gubernamental que le acerque a Bruselas. Por lo tanto, la ilegalización del DTP a instancias de la fiscalía es todo un torpedo en la línea de flotación, que aleja a Ankara de la Unión Europea.

Los reductos de Atatürkia, en su faceta más vetusta, modelo años 70 y 80, continúan lanzando órdagos en la línea del suicidio político, como ya se pudo constatar con motivo de la campaña para ilegalizar al mismísimo partido en el poder, el islamista AKP, a comienzos del 2008.

Aunque el golpe contra el DTP es, en apariencia, una victoria menor en comparación con aquello, lo cierto es que la Unión Europea ya no ha reaccionado con la misma firmeza en la defensa del partido kurdo. Eso es bastante lógico, si tenemos en cuenta que en Bruselas la cuestión de la candidatura turca atraviesa horas bajas. Empieza a producirse un cierto cansancio: el Gobierno deRecep Tayyip Erdogan, que también soporta presiones internas dentro del mismo partido AKP, apenas ha puesto en marcha las iniciativas legales que exige la confluencia con el acervo comunitario. Por ejemplo, y sobre todo, la reforma de la vigente Constitución de 1983, surgida del golpe militar de 1980. Por otra parte, París y Berlín han logrado ir asentando su política hegemonista en la Unión Europea, y niNicolas SarkozyniAngela Merkelven con buenos ojos la candidatura turca. Por si fuera poco, a ellos se une ahora el recién elegido presidente del Consejo de Europa,Herman van Rompuy.

Pero, sobre todo, el gran problema de Turquía radica, hoy por hoy, en esa compleja transición poskemalista, con la consiguiente lucha caínita entre las dos clases medias: la que nació y se crió con la República, laica, con fuerte presencia en la Administración, y la nueva, de apariencia islamista, más neoliberal y que intenta consolidarse en el poder. Mientras no se resuelva armónicamente esa pugna, Turquía será una potencia emergente con pies de barro, con tendencia a una persistente inestabilidad política; y la primera consecuencia de ello será una relación traumática con la Unión Europea.

Por supuesto, todos aquellos que abominan de la candidatura turca estarán ahora frotándose las manos. Los sectores más radicales y violentos del independentismo kurdo, también. La decisión de ilegalizar al DTP les ha dado un estupendo balón de oxígeno cuando, este mismo verano, la solución a la cuestión kurda parecía que podría materializarse pasando sobre sus cabezas. Por lo tanto, la victoria de la fiscalía, y del nacionalismo conservador es menos que pírrica. Y puede ser peor todavía.

Hasta ahora, va quedando claro que en Europa y los espacios colindantes las aspiraciones soberanistas poseen un futuro más o menos prometedor en función de que se realicen dentro o fuera de la Unión Europea. En el primer caso, la ruptura interna dentro de un país miembro sería difícilmente aceptada por Bruselas y la mayoría de los países miembros.

Crearía precedentes que más adelante supondrían poner en marcha más procesos de ingreso para los nuevos estados surgidos de la desintegración, y complicaría la ya de por sí enmarañada arquitectura institucional de la Unión Europea. Todo ello a cambio de una soberanía limitada para la nueva entidad, en una Unión Europea con espacio Schengen, moneda común y legislación supervisada desde Bruselas.

Pero en el exterior de ese ámbito, las cosas son diferentes, como lo demuestra el empeño de la mayor parte de los socios de esa misma Unión Europea en reconocer a los nuevos estados surgidos de la caída del Muro. Por lo tanto, si Turquía se queda fuera del proceso de integración europeo, quién sabe si algún día Bruselas no terminará por reconocer a un Kurdistán autoproclamado como Estado independiente, si así conviene.

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Al fin y al cabo, el maquiavelismo se trata de un antiguo invento europeo, que siempre ha tendido a llevarse bien alto, con cierto desvergonzado orgullo, por parte de los dirigentes políticos del Viejo Continente.

*Profesor de Historia Contemporánea de la UAB