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En sede vacante

La faz del paraíso es ahora una mueca

Josep Maria Fonalleras

Tenía una amiga que no llegó a ser novia del todo por culpa, seguramente, de mi falta de tacto, pero también por culpa de Maurice Schérer. No lo soportaba. Cada vez que le proponía ir a ver una película del francés, se negaba a acompañarme con un argumento que fui incapaz de rebatir durante todo el tiempo que duró nuestra relación. «¿Cómo quieres que me interese por una historia sin pies ni cabeza en la que solo hay muchos franceses que hablan sin decir nada?». No fui capaz de convencerla, entre otras cosas porque los personajes de Maurice Schérer decían lo mismo que decía aquella amiga: «Hablo mucho, pero no espero nada», dice la chica de Le rayon vert. He visto de nuevo la escena en la que ella necesita comprobar que todavía hay algún resquicio para el amor, por estrecho o débil que sea. Si es capaz de descubrir el rayo verde, el último que emite el sol antes de ponerse, en compañía del hombre que la corteja, entonces quizá será posible abandonar la incertidumbre, la soledad. O quizá no. Necesita aquel instante. Y llora sin saber por qué.

Esos franceses lloran y hablan mucho, es cierto, y nos han acompañado, de la mano del hombre que escribió, que filmó sus vidas, porque nos han enseñado que detrás de la rodilla de Claire, que era visible, se ocultaba todo lo que no sabíamos ver o no podíamos explicar con palabras o que solo éramos capaces, como ellos, de explicar con miles de palabras atolondradas. Schérer decía lo que había visto a todos aportando consuelo. No sé qué se ha hecho de aquella amiga, pero seguro que hoy no piensa, como pensaba Joan Ferraté a raíz de la muerte de un poeta catalán, que «és ara una ganyota, la faç del paradís». Maurice Schérer ha muerto. Jueguen con este nombre, con este mundo. De ello saldrá, de un dudoso anagrama fónico, algo como Éric Rohmer.

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