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Patata frita y moral

PAU ARENÓS

Hablemos de la moral. ¿De Alejandro Agag, estrangulado por la sospecha, aaaaag? ¿De los pillets? ¿De los SMS parlamentarios, los Si Me espíaS?

No. Hablemos de las patatas fritas. La patata frita es una categoría ética. El compromiso de un cocinero se mide con el uso que le da al tubérculo, si lo talla o lo desembolsa.

Rectangular, trapezoidal, paja, indicadoras de la salud, del gusto, del esfuerzo, de la responsabilidad. Alguien pensará que bromeo, pero es un comentario tan serio como las parodias de Polònia. Toda exageración encubre un fondo de verdad, lacerante.

Es odioso ver llegar un plato desbordado por las patatas fritas congeladas, un insulto, la corrupción. Si Italia es o era Tangentópolis, Catalunya es Patatópolis. Aún más: en restaurantes que se desvelan por la exactitud de las cocciones o la untuosidad de la salsa, ¿por qué flaquean en el acompañamiento dorado? ¿Qué cables defectuosos se le cruzan al chef para embrutecer el plato con esos palitos obsesivamente iguales, harinosos, apelmazados como un informe inútil? Si son capaces de cocinar un fricandó y entretenerse con la salsa opaca, ¿por qué la pereza en el momento de mondar?

Se comienza por perder el respeto a la patata, tal vez por el contagio con el fast food y sus métodos en cadena, y se acaba en este agujero moral. Los jueces deberían investigar las freidoras, óleos más negros que aquel falso cormorán con el fular de petróleo.

Un placer infantil y nostálgico: la patata irregular, retorcida, auténtica, sumergida en aceites limpios y restallantes. La crujiente imperfección de una contra la molicie de la otra. Regeneremos el país comenzando por la patata.