La negación del Holocausto

Libertad de expresión o apología del terror

No hay nada como banalizar el genocidio de los judíos para concluir exculpando a los asesinos

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CABA

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El anuncio, aparecido en un periódico madrileño, de una entrevista con David Irving, presentado como «gran experto e investigador» del Holocausto judío, ha vuelto a poner sobre la mesa qué hacer con el negacionismo, es decir, con quienes niegan la existencia del genocidio del pueblo hebreo perpetrado por los nazis. Aquel horror estuvo precedido por ideas que trivializaban la muerte del judío, estimado de raza inferior, y seguido por ideas que negaban que aquello hubiera ocurrido. Sin esas ideas y sin la indiferencia de la opinión pública europea respecto de ellas, el crimen contra la humanidad, ejecutado en los campos de exterminio, no hubiera tenido lugar. Por eso suena la alarma cada vez que alguien las repite, sobre todo en lugares con gran resonancia pública.

David Irving es un historiador británico en libertad condicional, tras haber cumplido dos tercios de la condena impuesta por un tribunal austriaco. ¿Delito? Afirmar, por ejemplo, que las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau fueron instaladas después del final de la guerra como atracción turística, es decir, niega el Holocausto.

Irving será historiador de profesión, pero «gran» historiador o «experto» en estos asuntos no lo es. Que el Consejo de la Unión Europea aconseje a los estados miembros que consideren delito la opinión negacionista indica que estamos ante un tipo de opinión muy especial. La misma Europa que conquistó con sangre la libertad de opinión pide ahora que se persigan determinadas opiniones. ¿De qué opiniones estamos hablando?

No de las relativas a hechos históricos porque estos son sencillamente innegables. Imaginemos que alguien negara la segunda guerra mundial o la guerra civil española. Nadie le tomaría en serio y, si se presenta como historiador, diríamos que es un farsante. No habría institución respetable que incluyera entre sus ponentes o articulistas a alguien que defendiera la tesis de que esas guerras solo han existido en las mentes de algunos novelistas o en las pantallas de cine.

Lo cierto es que gente como David Irving son invitados a congresos o solicitadas sus opiniones en calidad de «expertos». Lo que interesa de ellos, en esos casos, no es el absurdo de la negación de los hechos, sino su interpretación, a saber, que el nazismo no fue genocida y que lo (poco) que les ocurrió a los judíos se lo tenían merecido. Nada como banalizar los hechos para concluir exculpando a los asesinos y privando de significación a las víctimas. Esa estrategia interpretativa acarreará, es verdad, el descrédito entre los historiadores, pero tendrá a su favor el crédito de los antisemitas. El delito no es la opinión, sino el efecto político que se persigue con una opinión absurda y que solo es tomada en serio por esa connotación política y moral, a saber, justificar el crimen.

Por estas razones el negacionismo no es un asunto que se tenga que resolver en el negociado de la libertad de opinión, sino en el de la exaltación del crimen como arma política. Ese es el convencimiento que subyace a la recomendación de la Unión Europea, desoída ciertamente por el Tribunal Constitucional de España que no lo considera delito.

Cuando se habla de hechos, en relación al Holocausto judío, hay que tener presente una dificultad específica que no se da en otros genocidios. El proyecto nazi de destrucción de los judíos se proponía no solo acabar físicamente con los judíos, sino también no dejar rastro, ni huella, para que en el futuro no hubiera memoria de los hechos. Aunque el proyecto se llevó a cabo –por eso el Tribunal de Nürenberg sentenció que se había producido un crimen contra la humanidad–, lo cierto es que Hitler fue vencido y no pudo consumar el proyecto. No pudo borrar todas las huellas ni eliminar a todos los testigos. Por eso sabemos tanto. No todo, desde luego, porque, como decía Primo Levi, los que apuraron el cáliz del horror no volvieron para contarlo, o enmudecieron en vida como los famosos «musulmanes» de los campos de exterminio.

¿Podemos negar la angustia de los que murieron en las cámaras de gas porque no hay testigos que lo puedan contar? La derrota de Hitler nos ha permitido conocer mucho, porque en su delirio triunfalista tomaron nota de todo, pensando administrar ellos solos en el futuro el secreto de la barbarie. Pero hay un silencio de hechos que tuvieron lugar y de los que no hay memoria. Eso no puede llevar al negacionismo, sino a valorar aún más los hechos narrados por los supervivientes.

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Así, los negacionistas son los únicos que viven como si el proyecto de olvido hubiera triunfado, como si Hitler no hubiera sido vencido. Son víctimas de sus propias ilusiones. Si lo que nos preocupa es la información histórica, no deberíamos perder ni un minuto con estos estafadores intelectuales. Lo preocupante es el juego que se les da y el eco que encuentran. David Irving ya vino a España, invitado por Fuerza Nueva y la librería Europa de Barcelona, conocido centro de propaganda neonazi. El eco de resonancia del neonazismo es la ultraderecha y quienes se empeñan en darles juego o son claramente antisemitas o ingenuos que no han descubierto que el problema no es la libertad de expresión, sino la apología del terror.

* Filósofo e investigador del CSIC.