EDITORIAL

Morir en Afganistán

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La muerte de un brigada y un cabo del cuerpo expedicionario español en Afganistán, víctimas de un ataque suicida, reitera algo sabido: que no existen en aquel país destinos seguros o misiones confortables, por más que la tarea de nuestros compatriotas sea de pacificación y de reconstrucción, y cuente oficiosamente con el apoyo de los caciques de la región de Herat. El conflicto afgano, gestionado con ceguera manifiesta por Estados Unidos hasta fecha reciente, obliga a afrontar funciones intrínsecamente peligrosas y es bueno que la opinión pública sea consciente de ello para que el impacto emocional del recuento de bajas se encaje como el precio trágicamente ineludible de una labor que atañe a la seguridad internacional se mire por donde se mire. Porque la cobertura legal de una misión militar --y esta la tiene-- no garantiza que sea incruenta ni esté a salvo de adversarios sobre el terreno.

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El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, es partidario de aumentar la presencia de su país y de la OTAN en suelo afgano, igual que se ha comprometido en completar la retirada escalonada de Irak en 16 meses, entre otras razones porque precisa liberar recursos para afrontar el desafío talibán. Llevado el asunto a escala española, esto puede entrañar un aumento de nuestro compromiso en Afganistán, porque está previsto enviar a 500 militares más el año que viene.

Y aunque no es plato del gusto de nadie llevar a un mayor número de nuestros jóvenes militares al corazón de Asia, si finalmente se toma esta decisión, conviene que los conciudadanos estemos informados de que correrán riesgos y el Gobierno hará cuanto esté en su mano, como hasta ahora, para minimizarlos.