26 nov 2020

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LA ESCALERA DE CARACOL

Grassot

RAMON FOLCH

Nací en el Camp d'en Grassot, entre Gràcia y Sant Martí de Provençals. Hace ya un siglo que esos municipios son barrios barceloneses, pero mi abuela Esperança aún "bajaba a Barcelona" cada vez que iba al centro. Vine al mundo en la mal llamada "casa cubista", un edificio vagamente Art Déco al que en 1938 se mudaron mis abuelos cuando las bombas de un Savoia franquista hundieron su anterior casa, en la calle de Roger de Flor. La casa cubista está en la esquina de Rosselló con el pasaje de Grassot. De pequeño, ese nombre me sonaba a extravagante.

Jeroni Grassot era abogado de la Real Audiencia de Catalunya y esposo de Isabel Grassot, terrateniente. Hacia 1865, con el plan Cerdà recién aprobado, decidió urbanizar unas fincas del matrimonio, por entonces ocupadas por alfares y tejerías. Así nació la barriada del Camp d'en Grassot, que pertenecía a Gràcia y por eso celebraba la fiesta mayor cuando la Virgen de Agosto. Hubo unas primeras calles esquemáticas, como la de Coello o del Pecat, que acabaron fundidas en la nueva trama del Eixample con las más tranquilizantes denominaciones de Pare Claret y Bailén. De Rosselló a la Travessera de Gràcia, antiguo camino romano, el barrio quedó partido en dos por un callejón largo y angosto que perpetuó el nombre del propietario promotor.

De chico, nada de eso sabía, pero me fascinaba aquel pasaje, quizá porque resultaba excelente para bajarlo en los patinetes de autoconstrucción que los niños hacíamos con cuatro maderos y un par de cojinetes usados. Aunque Grassot no era exactamente un pasaje. Los de verdad atraviesan una única manzana y suelen tener casas acomodadas con jardincillos ante el portal. Algunos son privados y cerrados con verjas, como los maravillosos pasajes de Permanyer o de Méndez Vigo, donde me hubiera gustado vivir.

Camps Elisis

También hay pasajes de "gama baja", como el de Camps Elisis, entre las calles de València y Mallorca. Los Campos Elíseos eran el paraíso en la Grecia clásica (Elysion Pedion, literalmente "el campo del rayo"), un maravilloso lugar del inframundo. Los cristianos se lo copiaron e inventaron el cielo, que no está bajo tierra, como el paraiso griego, sino sobre el firmamento, y donde, además, solo van los ortodoxos, una lástima. Los urbanistas franceses del XIX pensaron que era un nombre adecuado para la mejor calle de la Ciudad Luz, aquella avenida prefigurada por la alameda que la reina María de Médicis mandó plantar en 1616. Barcelona --que quería ser un pequeño París y no pasaba de un Sabadell ensanchado-- replicó los Champs-Élysées con un modestísimo pasaje del Eixample.

Eso sí, con un convento de misioneras del Santísimo Sacramento donde hay un oratorio con una capilla de cartón piedra auténtico que reproduce la cueva de Lurdes y la famosa frase en gascón, ortografiada a la antigua: "Que soy era Immaculada Councepciou". Ese jacobinísimo presidente de la Asamblea Nacional francesa que manda callar a los diputados que osan hablar en catalán debe abominar de una tal opción mariana por el patois, claro. Pero es que la Virgen tenía que hacerse entender por Bernadeta Sobirós, que sólo hablaba occitano, la pobre. De otro modo, Lurdes no se habría convertido en el emporio hidráulico portentoso que es, imagínense.

Total, que los pasajes dan para mucho. Y más en verano.