27 sep 2020

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La entrevista con Javier Sierra, Best-seller nacional

Javier Sierra: "El poder es saber manejar el vacío"

NÚRIA NAVARRO

--¡Premio a la mejor novela histórica publicada en EEUU en el 2007!

--Lo increíble es toda la cadena de casualidades que me ocurrieron para llegar a María Jesús de Ágreda, la monja protagonista de La dama azul.

--Cuente, cuente.

--En 1991 publiqué un reportaje en el que cité a la religiosa. Una semana después me perdí en una nevada y llegué a un pueblo de Soria llamado Ágreda. Encontré un convento y pregunté si era el de la monja. Y allí di con los documentos sobre la bilocación hallarse en dos sitios a la vez. A las dos semanas, el director de Más allá me mandó a cubrir un congreso a Nuevo México, justo donde se apareció la monja de clausura.

--¿Cómo explica tanta casualidad?

--Las cosas están conectadas entre sí. La física cuántica habla del universo como un holograma. Ya sabe, del mismo modo en que se corta la palomita de la tarjeta Visa y aparece entera en cada pedazo. En cada partícula del universo está contenido todo el universo.

--¿Y?

--Tengo la sensación de que toqué una cuerda sin querer. Mencioné a esta señora, y se desencadenó todo. Es más, sigo teniendo la sensación de que el éxito que tuvo antes La cena secreta en EEUU fue para que La dama azul tuviera vía libre. Era una historia que tenía que ser contada.

--¿De veras es posible estar en dos lugares a la vez?

--Sí. Busqué al oficial que entrenaba a los espías psíquicos durante la guerra fría, a finales de los años 70, y le pedí que me entrenara.

--¿Lo mandaron a paseo?

--No. Me introdujeron en una cámara de aislamiento sensorial y por unos auriculares emitieron unas frecuencias de sonido, como unos zumbidos, que predisponen a lo que ellos llaman un estado alterado de conciencia. Con esa especie de droga acústica, desarrollas la capacidad de salir del cuerpo. Por los mismos auriculares, te dan unas coordenadas geográficas y te piden que cuentes lo que te pase por la cabeza.

--¿Y qué le pasó por la cabeza?

--Un patio central, en el que entraba y salía gente. Y me sentí muy incómodo. Al salir de la cámara, me enseñaron el punto exacto en Google Earth. Era un edificio de Dusseldorf donde Spencer Tunick hizo una de sus fotos colectivas de desnudos. Por eso me sentí incómodo.

--Si tan científico es, ¿por qué no es una práctica extendida?

--Porque no lo necesitamos. Casi todos los casos de bilocación --Fray Escoba, san José de Copertino, la monja de Ágreda-- se produjeron en el barroco. Fue el periodo en el que las clausuras fueron más estrictas. También había transtornos voluntarios del sueño y de alimentación.

--Hay quien piensa que es usted un farsante. ¿Cómo encaja eso?

--Yo hice mía una máxima antigua: hay que estar abierto a todo pero no creer en nada. Creer significa aceptar sin comprobar, y yo intento comprobar. A veces no puedo, y me limito a reflejar esa impotencia.

--En Crónicas marcianas había defendido ideas indefendibles.

--¿...?

--Cosas como que los pechos crecen con hipnosis.

--Sardà era el morlaco que me embestía. Descubrí que gracias a él podía introducir una serie de temas que, de otro modo, no llegarían a la audiencia. Era dejar una semilla plantada y que, a juzgar por las ventas de los libros, ha germinado.

--¿El interés por todo esto le llegó pronto?

--Mis padres eran funcionarios del Estado, en Teruel. Sin embargo, desde muy niño empecé a tener inquietudes por estos temas y necesidad de contarlo. Hacía mis propios programas con un radiocasete y fundé un diario de un solo ejemplar. Sigo jugando a lo mismo que cuando era niño. Y cuando juegas a lo mismo, te entregas de verdad.

--¿Tiene algún don extraordinario?

--Tengo una extraordinaria curiosidad. Soy un curioso de lo trascendente, de lo extraño, de lo oculto. Y soy un hombre de frontera. Quiero ver cual es el siguiente paso.

--Sostiene que la historia oculta completa la historia oficial.

--Claro. Por ejemplo, no se puede comprender el afán expansionista de Hitler sin tener en cuenta que era un obseso de las ciencias ocultas. Robaba reliquias porque creía que esos objetos le transmitirían el poder.

--¿Tenía fundamento?

--¡Qué importa! Los antiguos budistas decían que el mundo no existe, que tú lo creas. Si eres consciente del potencial que tienes, mueves el mundo. Pero si todos movieran el mundo, el mundo se desintegraría.

--¿Ese es el sentido de las sociedades secretas?

--Su secreto es que no hay secreto. El poder es saber manejar el vacío. Por eso la mente bien armada es más potente que un ejército.