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los días vencidos // JOAN BARRIL

La maldad pensada

Abel Gilbert

Los juicios, cuando son dudosos, se basan en investigaciones o en prejuicios. Las investigaciones tienden a consolidar la verdad. Los prejuicios tienden a consolidar lo que algunos creen que es verdad. Ahora que ya se ha acabado definitivamente el juicio del 11-M, un antiguo ministro, el señor Federico Trillo, insiste en que no se ha llegado al fondo de la cuestión porque no se sabe nada de la llamada "autoría intelectual" de los atentados.

Es interesante que Trillo considere esta diferencia entre los que piensan y los que ejecutan. El autor intelectual es una figura relativamente nueva que exonera de su responsabilidad al autor material. En otras palabras: que todo aquel que dispare, que lance una bomba o que mate a media humanidad es inocente porque al fin y al cabo cuando lo hacía obedecía órdenes del autor intelectual. ¿Es posible creer en la maldad cuando se le ponen tantas puertas de escape al malvado? El autor intelectual presupone que el autor material no tiene voluntad, puesto que su voluntad está en manos del gran autor. Y ya se sabe que en la teoría de la conspiración lo que pretenden no es que los autores intelectuales se encuentren en montañas lejanas, porque solo quieren demostrar que el autor intelectual era un tipo con boina que, al amor del bacalao al pil-pil y con el móvil conectado a Zapatero, decía a unos cuantos moritos el horario de trenes de cercanías de Madrid y el supermercado de explosivos de Asturias.

Si ser autor intelectual de una matanza sirve para algo, sepa el señor Trillo que a mí no me ha servido para nada. Porque yo también he deseado la muerte prematura de Franco. Y también entendí la barbaridad del atentado contra Carrero Blanco. Y me hubiera gustado que algún día el avión de Pinochet o de los generales argentinos se fuera a pique. Al pensamiento no se le pueden poner puertas, pero no sirve de nada buscar a los autores intelectuales, porque la autoría de la historia no depende de un único pensador, sino del rencor de todos aquellos que se sienten dolidos por la muerte de familiares y amigos. Y eso, por desgracia, forma parte de la lógica de nuestro peor mundo.

Contra crisis, concurso

La televisión nos ofrece una mirada absolutamente infantilizada de la realidad. Debe ser divertido. La vida es una guasa y España es el país de las maravillas. Ahí están, por ejemplo, los muchos concursos que llenan la pantalla. Ahí están los atletas de lo inútil dispuestos a creerse que son los más listos de la clase por el meritorio hecho de saber responder a preguntas de todos los colores. Dicen que los últimos que lo supieron todo de todo fueron Leibniz o Spinoza. Hoy esta gesta ya es imposible, porque sabemos mucho menos de lo que ignoramos. Pero queda el dinero del vencedor, esa unidad de medida que todo lo explica y que convierte a un parado en una eminencia y a un hipotecado moroso en un candidato al Nobel. Sin duda, los más listos son el empresario que cierra o el banco que ejecuta. Para ellos no hay concurso que valga, porque, cuando se levantan, ya saben que han ganado.

Princesas

Hay gente que espera una fecha, que prepara una fiesta íntima, que se ilusiona con el fin de curso, que espera a los invitados hasta que la lluvia lo desluce todo. Hay princesas, en cambio, que solo esperan la llegada de la carroza.

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