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Yemen o Arabia feliz

Dolors Bramon

Soy una de las numerosas personas que fuimos a Yemen y que nos quedamos con ganas de volver. También una de las muchas que hemos condenado el atentado, y me uno, por tanto, a las muestras de condolencia y solidaridad que están recibiendo los familiares de los muertos y heridos del terrible ataque suicida y criminal. También, como muchos otros viajeros, he admirado un país magnífico con una gente amable y acogedora que, para mi sorpresa, hablan una modalidad del árabe muy parecida a la lengua clásica y que son capaces de entender sin demasiadas dificultades el árabe que se estudia en nuestras universidades.

Yemen es maravilloso desde hace mucho tiempo y sus edificaciones milenarias de rascacielos de barro son tan sorprendentes que los historiadores griegos no podían creer que fueran obra humana y las atribuyeron a seres sobrenaturales. Entre los muchos ejemplos de esta arquitectura increíble, todavía hoy se levanta altivo el castillo de Gomdan, en Saná, originariamente de veinte plantas y considerado la fortaleza más antigua del mundo.

La prosperidad del comercio yemenita, especializado en incienso, piedras preciosas, oro y especies ya desde el reinado de la reina de Saba, que habría ido a Jerusalén atraída por la fama de Salomón, siguió con el cultivo de un tipo de café muy apreciado que recibió precisamente el nombre de Moka porque era este el del puerto por donde se exportaba ya en la época medieval. Más adelante lo substituyó el cultivo del kat y hace poco ha llegado el turismo. Ojalá que siga y que el país siga mereciendo el nombre que tiene, que no es otro que la traducción al árabe del adjetivo felix, o feliz, que dieron los romanos al sur de la península de Arabia a causa de su riqueza.