12 jul 2020

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Treinta años después

JUAN-JOSÉ López Burniol*

Es de justicia recordar el legado de Suárez tres décadas después de las primeras elecciones democráticas

A comienzos del verano de 1976, se celebró una reunión en casa de Francisco Fernández Ordóñez. En ella, Adolfo Suárez solicitó a Felipe González el apoyo del PSOE ante su posible candidatura a la presidencia del Gobierno. Gonzá- lez rechazó la solicitud. No obstante, ajeno a esta negativa, el curso de los acontecimientos siguió inexorable. Antes, en el mes de abril, Torcuato Fernández-Miranda, que ejercía gran influencia sobre el Rey, manifestó a este que la presidencia de Carlos Arias era inviable y que su permanencia deterioraba la situación, dado que el Gobierno Arias no era una Gobierno del Rey, sino un Gobierno de Franco. Por aquellos días, Fernández-Miranda escribió esta nota: "Para el Rey los sustitutos son, y por este orden: 1. Areilza. 2. Fraga. 3. Letona. 4. Pérez Bricio. 5. Federico Silva. 6. López Bravo. 7. Suárez. Este último, a consecuencia de mi tesis: un presidente disponible es mejor que un presidente cerrado desde su posición inicial. El Rey a este último lo encuentra muy verde. 'Y sabes que le quiero mucho', añade".

ES POSIBLE que la tesis de la disponibilidad --o sea, de la fidelidad a un proyecto ajeno aceptado de buen grado-- se fuese abriendo paso, hasta decantar la opción real por Suárez. Se pretendía, así, evitar la multiplicidad de proyectos independientes, más o menos viables, que hubiesen surgido de un Gobierno dividido y repleto de personalidades con proyecto propio. En todo caso, el 3 de julio de 1976 --tras la dimisión, dos días antes, de Carlos Arias-- el Consejo del Reino elaboró la preceptiva terna --Silva Muñoz, López Bravo y Adolfo Suárez-- para que el Rey eligiese entre los propuestos al futuro presidente.

Adolfo Suárez juró el cargo de presidente el 5 de julio; el 7, lograba formar, no sin dificultades, su primer Gobierno, llamado entonces Gobierno de penenes; y el 8, Ricardo de la Cierva publicaba en El País un artículo que se hizo famoso --"Qué error, qué inmenso error"--, en el que decía: "Quienes quieren ya lanzar la campaña sobre la juventud ministerial recuerden --en abstracto-- la sentencia del conde de Mayalde sobre algunos políticos jóvenes del régimen anterior: tienen todos nuestros defectos y ninguna de nuestras virtudes. Esto, amigos, ha sido un disparate, y solo un milagro puede salvarlo". Y, en cierto modo, los crí- ticos parecían tener ra- zón, pues podía entenderse que Suárez no era otra cosa que un mandado sin proyecto propio, carente de peso político y sin otras virtudes que su juventud, su encanto y su osadía. Pero no era así. Luis-María Anson lo tuvo claro desde el primer momento: "Suárez tenía 3 años cuando se inició la guerra civil. (...) No es un aristócrata. No es un financiero. No tiene compromisos ni con el capitalismo ni con los grupos de presión (...) no pertenece a esos números uno que la tecnocracia sacaba a la luz hace unos años (...) es un hombre experto y curtido tras 25 años de luchar día a día en el más duro terreno de la política".

AHÍ ESTÁ la raíz profunda de la personalidad de Adolfo Suárez, que le hizo sobrepasar el modesto rol de mero ejecutor de un programa ajeno que le había sido asignado. Adolfo Suárez era un desclasado y era un chusquero de la política, que --por poner un ejemplo-- podía terminar sintiéndose más cómodo con Santiago Carrillo que con un banquero de los siete grandes de entonces. Y estos rasgos, atípicos en un líder de la derecha española, fueron los que le proporcionaron la visión, el coraje y la generosidad precisos para impulsar la Transición, así como fueron también los que precipitaron su caída, de un modo inevitable, una vez que la Transición estuvo encarrilada. Por eso tiene razón Carrillo cuando afirma, como hace muy poco, que "por mucho que uno mire ahora a su derecha, no encuentra a alguien como Adolfo Suárez".

Esta diferencia fue la que le permitió sacar adelante, contra todo pronóstico, los Pactos de la Moncloa (concebidos por Enrique Fuentes Quintana), legalizar el Partido Comunista, hacer posible el pacto constitucional con su apuesta por el Estado de las autonomías, sentar las bases de la reforma fiscal e impulsar la secularización del Derecho de familia (es decir, la admisión del matrimonio civil y del divorcio). Lo que supuso la etapa más fecunda de la derecha española, desde la década moderada del siglo XIX. Puede que, ahora, todas estas reformas parezcan una bagatela a los exquisitos denigradores de la Transición, que nos abruman un día sí y otro también con sus elevadas críticas, pero conviene recordar las dificultades enormes que hubo que superar aquel entonces, con un Ejército receloso, una Iglesia arriscada y una oligarquía acampada sobre el Estado.

NO ES DE extrañar por ello que, a comienzos de los 80, superado ya por esta derecha carpetovetónica el miedo cerval que experimentó tras la muerte del general Franco, el presidente Suárez comenzase a ser visto como un vil traidor a los intereses del grupo social cuya representación ostentaba y al que, en el fondo, solo pertenecía muy relativamente.

Siempre recordaré una cena a la que asistí el verano de 1981, en una hermosa casa de S'Agaró, en la que buena parte de los comensales abominaron de Suárez durante toda la velada, en unos términos de dureza y desprecio que jamás he visto luego reiterados respecto a ningún político. Era, lisa y llanamente, odio. Por eso fue abrasado por su propio partido y por eso, en un último rasgo de grandeza, resignó un poder que había contribuido a devolver, de forma muy destacada, a sus conciudadanos. Es de justicia, 30 años después de las primeras elecciones democráticas, recordar su legado.

*Notario