El miedo, herencia de los villanos

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Tan devastadoras como las dictaduras mismas lo son las herencias que dejan. Los villanos mueren, pero su simiente sigue dando frutos durante largo tiempo. Mucho después del suicidio de Hit- ler y del final del nazismo, la nazificación de una parte de la sociedad alemana se mantuvo incólume. Muerto Stalin y enunciada la desestalinización, el estalinismo pervivió en la sociedad soviética. Aún hoy el franquismo asoma con frecuencia. Con Pinochet y el pinochetismo sucede otro tanto. Estos ismos se agarran al ADN de la sociedad y se transmiten generación a generación con inusitada vitalidad, como las peores enfermedades genéticas. La periodista María José Ramudo, tratada de mala manera en una calle de Santiago, tiene grabadas todas las pruebas.

El alma de los matarifes alienta en las estatuas que les levantaron en vida y excita los ánimos de sus secuaces hasta fecha indefinida. El alma de los carniceros se cobija en los billetes de banco en los se encuentra su efigie, en las monedas en las que se acuñó su perfil, en los muros de las iglesias, donde figura su nombre escrito con letras de bronce como si se tratara del de un elegido por los dioses. El alma de los verdugos anida en todas partes muchos años después de la última ejecución. Se trata de almas inquietas y atosigantes, fantasmas que emiten un susurro permanente al oído y que alimentan un miedo infinito, consistente, sólido y aparentemente indestructible, como el Valle de los Caídos; un miedo que ni deja descansar a los muertos ni dormir en paz a los vivos. Se trata de espíritus enfermos que están dispuestos a cualquier cosa con tal de evitar que se rehabilite a sus víctimas con honor y dignidad y a ellas, se las mande al infierno para siempre y sin remisión posible.