Periodista
Mar Calpena
Un Domingo de Ramos cualquiera en la planta covid
Hay que defender a muerte la sanidad pública, y dotarla de recursos. Y por eso es importante defenderla también de quienes, desde dentro, por mala fe o por 'burnout', no están en condiciones de ejercerla

UCI para enfermos de covid en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona / FERRAN NADEU
La sala de espera de la planta covid son solo algunos bancos y una máquina de café. Aunque se supone que no podemos beber nada, porque nadie puede quitarse en teoría la mascarilla. Un familiar por persona, media hora, hacemos cola. Nadie sabe muy bien cuándo son las horas de visita, que varían a diario. Nos visten de 'astronauta'. El protocolo exige que nos supervisen con el EPI. Un protocolo que se vuelve más o menos estricto en función del humor o el rigor de quien lo aplica. La sensación es la de estar entrando en una prisión de máxima seguridad. A menudo tendremos la sensación de que así se trata también a los pacientes.
Hay que defender a muerte la sanidad pública, y dotarla de recursos. Y por eso es importante defenderla también de quienes, desde dentro, por mala fe o por 'burnout', no están en condiciones de ejercerla, y firman visitas de control que no se han producido nunca (porque es covid asintomático, y se trata 'solo' de una pierna rota), o riñen a gritos a una persona anciana por vomitar otra vez, o le cierran la puerta en las narices a un familiar, mientras su inercia les pone una venda en los ojos y no ven que la paciente avanza hacia un shock séptico. No, mientras otros profesionales que sí obrarán bien -que también los hay- encadenen en cambio interinidades desde hace diez años.
Los mecanismos de protesta son limitados: un amigo jurista te dice que es improbable ganar un juicio por esta razón (discúlpenme pues que no concrete; en un momento dado, se le oye decir a un presunto responsable que “es su palabra contra la mía”). Solo te queda encontrarte un Domingo de Ramos por la tarde alargando la conversación telefónica con la persona que más quieres en el mundo, porque temes que si cuelgas no volverás a oír nunca más su voz. No todas las familias contarán con la suerte, o con el valor o los recursos, de quejarse y remover todos los hilos del cielo y de la tierra a su alcance: y porque nosotros sí, esa persona sigue viva.
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