Opinión | Al contrataque
Milena Busquets
Después de Sant Jordi
Y al día siguiente, uno se tiene que volver a poner a trabajar, como si todo hubiese sido un espejismo. Pero no lo fue, solo era Sant Jordi

Los primeros visitantes a los puestos callejeros de La Rambla por Sant Jordi / periodico
Nunca deseé ser escritora, ni editora, nunca me gustó el día de Sant Jordi, en mi familia de editores Sant Jordi no era una fiesta, era un día de trabajo –a veces era un calvario, publicábamos libros muy literarios y a menudo de autores muertos, que no son nunca los más populares en Sant Jordi, ni los que más venden-, nunca soñé que algún día estaría firmando libros (¡escritos por mí!) en Sant Jordi. Me sigue pareciendo un milagro, una casualidad y una locura.
De hecho, nunca consigo quedarme sentadita una hora entera en la silla que me es asignada en cada caseta, me levanto, me siento, me vuelvo a levantar, incordio e interrumpo al autor que tengo al lado, charlo con las personas que tengo detrás, siento deseos de fuga a cada momento, como una niña que está haciendo una trastada y es delatada por la excitación, los nervios y las risas.
Me han traído galletas caseras en Sant Jordi, y chocolatinas, una vez incluso me trajeron una mona (de las de Pascua). He visto que Proust sigue vivo en chicos jovencísimos que me vienen a ver y que me dicen que lo están leyendo y que incluso se parecen a él físicamente, la tez pálida, el cabello oscuro, la mirada sensible. Una vez le dije a una chica que me gustaba el collar que llevaba, un finísimo hilo rojo con diminutas florecitas, se lo quitó sin decir palabra y me lo dio (lo tengo guardado entre mis otras joyas valiosas).
Me he dado cuenta de que los escritores, aunque de lejos podamos ser competitivos y a veces incluso malévolos, en las distancias cortas nos hacemos amigos con mucha facilidad, nos gustamos, nos interesamos. Fue un gran honor saludar a ayer Vila-Matas, ver de nuevo a Carlos Zanón y pensar otra vez que es un gran tipo y que algún día seremos amigos, y ver a Fernando Aramburu de lejos.
En Sant Jordi he conocido a miembros de mi familia paterna que ni sabía que tenía y sin embargo, al verles, he reconocido con alegría unos ojos azules, una sonrisa, una nariz.
Ayer me vino a ver un señor extraordinario para decirme simplemente que él también había amado a Ana María Moix, y que también la recordaba. Y el gran Juli Capella que pasaba por allí se detuvo un momento y también hablamos de familia y de amores comunes.
Y vienen mujeres que sin ser de mi familia ni conocerlas de nada, siento al instante que son hermanas y no puedo evitar alargar la mano y agarrar la suya o intentar demostrarles de algún modo que las he reconocido.
He visto desfilar parte de mi vida delante de la caseta y he visto pasar vidas que hubiesen podido ser la mía o que en parte lo han sido.
Y al día siguiente, uno se tiene que volver a poner a trabajar, como si todo hubiese sido un espejismo. Pero no lo fue, solo era Sant Jordi.
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