Toma pan y moja

No sin mi lichi

Es un ritual compulsivo, un trance que rivaliza con las pipas. Los cines deberían incluirlos ya en su oferta de 'snacks'. Los lichis son las nuevas palomitas

Òscar Broc

No sin mi lichi

Las fruterías del mercado los exhiben en irresistibles bandejas, en primera línea de fuego, sin darme margen para atemperar los bajos instintos y no sucumbir a las tentaciones de la pulpa oriental. El espíritu es fuerte, dicen, pero en mi caso la debilidad de la carne vence por goleada cuando hay lichis en juego. Y cada invierno va a peor.

El lichi es la leche. Puede conmigo. Una locura insondable se apodera de mí en cuanto mi sofisticado lichi-radar detecta mandanga. Y los compro a paladas, como si fueran caramelos. Tengo que hacerme con todos, como los dichosos Pokémon. Diablos, en caso de holocausto nuclear, juro por la papada de Gérard Depardieu que la lluvia ácida no me cogerá sin un par de kilos de lichis en la nevera.  

Las nuevas palomitas

Cuando has cruzado el umbral del lichi, los 'snacks' dejan de tener sentido. Las mandarinas te parecen una ordinariez. Las 'chips' de kale te arrancan más bostezos que una telenovela ucraniana. Esas galletitas saladas de repente saben peor que una canción de Juan Camus. Comer lichis no es una bromita, es un ritual compulsivo, un trance que rivaliza con las pipas.

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En cuanto te deshaces de su rugosa cáscara, accedes a un universo de frescor adictivo, dejas que la pulpa te envuelva la lengua, incluso encuentras un perverso placer en el tacto encerado del hueso. Y entras en la espiral, los devoras como si los fabricase Churruca. Conozco la leyenda negra de esta fruta (en 2017 se le atribuyó la muerte de varios niños en Bihar, la India), pero pienso serle tan fiel como Fran Lebowitz a la nicotina. Los lichis son las nuevas palomitas, de hecho, hablo por todos los fieles a esta fruta china cuando digo que los cines deberían incluirlos ya en su oferta de 'snacks'.