Toma pan y moja

Canelones como güija

Òscar Broc

Canelones como güija

En mi casa hay dos fechas sagradas; te las puedes saltar, nadie te pone una navaja de mariposa en la yugular, pero mi madre no olvida, como Vito Corleone. Si fallas, el desplante no te saldrá gratis y tendrás que soportar miradas que congelarían las tripas del Etna durante semanas. Son la cena del 24 y la comida del 25 de diciembre. Dos encuentros en los que echamos la vista atrás y honramos a los caídos a través de la comida.

Las pitanzas navideñas, objetivo de bromas alimentadas por cólicos, cuñados y abuelos somnolientos, en mi casa son cosa seria. Los platos, inamovibles desde que tengo uso de razón, son nuestro Delorean para conectar con el pasado. Lo más exótico que puedo llevar es un 'panettone', cualquier otro intento de aportar algo "diferente" sería en vano. 

Se come lo de siempre, porque es lo que nos recuerda a lo nuestro, lo de siempre; cambiar un plato o proponer alguna "modernez", sería como usar una copa Martini en una güija: a los muertos no se les falta el respeto.

Bechamel al pasado

En mi caso, los canelones son el clic que necesito para retroceder en la línea temporal de reuniones navideñas y hablar con los espíritus. El aroma goloso y lácteo de los bichos derritiéndose en el horno me hace creer firmemente en la comida como receptáculo de parte del alma de las abuelas que enseñaron a nuestras madres a prepararlos

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No es ni mucho menos uno de nuestros platos favoritos, de hecho en casa solo cocinamos canelones por Navidad, pero cada bocado es nostalgia comestible, como llenar el condensador de fluzo hasta los topes y retroceder a esas Navidades en las que me encontraba a mi abuela, en la cocina de casa, triturando la carne del relleno con una picadora manual. 

Felices fiestas a todos.