Toma pan y moja

Oda a la fritanga

El aroma de fritura radioactiva no te abandonaba ni recurriendo a un exorcista

Òscar Broc

Oda a la fritanga


Qué tiempos aquellos cuando salías de la discoteca cargando el cubata en vaso de plástico y apestando cosa mala a humo de cigarro; una catipén a Ducados que se pegaba a ropa y cuero cabelludo, y hacía que tu almohada hediera durante semanas como el cenicero de la rulot de Ángel Cristo. ¿Estoy enfermo si digo que contemplo con cierta nostalgia aquel apocalipsis odorífero?

Me pasa lo mismo con su equivalente gastronómico, el tufo a fritanga, un clásico español, una fragancia pútrida en vía de extinción que me devuelve a la niñez, cuando entrar en cualquier cafetería o restaurante podía proporcionarte un aroma corporal de fritura radioactiva que no te abandonaba ni recurriendo a un exorcista. Una fetidez otrora poderosa y omnipresente que los nuevos tiempos han arrinconado, como el pachuli. Qué aburrimiento.

La restauración se ha profesionalizado tanto y están tan sometida al escrutinio de las redes que se ha impuesto la asepsia. Hay restaurantes que parecen quirófanos y, por no oler, no huelen a nada, como las nubes del anuncio de compresas. Cada vez me cuesta más encontrar neblinas tóxicas de fritos viejunos. No a las cocinas inodoras. No a los extractores industriales. Sí a la fritanga concentrada. Sí a esos aceites reutilizados hasta la saciedad que podrían lubricar el motor de un Ford Mustang. 

Quizás me he vuelto loco, pero tanto brillo, tanta esterilización y tanto fogón a la vista han conseguido que celebre las contadas ocasiones en las que salgo de algún garito aceitoso oliendo como una churrería con patas. Llamadme pollavieja, pero no me bajo del burro: en el mundo de la restauración, cualquier tiempo pasado apestó mejor.