toma pan y moja

Cilantro: jabón, jabón

¿La invasión de los ultracuerpos? Un chiste al lado de la invasión de los coriandros. Ya está a punto de introducir sus jabonosos tentáculos en el bocata de chorizo

Òscar Broc

Un plato aderezado con cilantro.

Un plato aderezado con cilantro.

Todos recordamos la primera vez de algo. Yo recuerdo como si fuera ayer la primera vez que introduje cilantro en mi organismo. Una detonación jabonosa en toda la boca. Como si me hubieran empujado una pastilla de detergente para lavavajillas gaznate abajo. Llegué a pensar que habían confundido la salsa sriracha con el Fairy.

Desde aquel día pesadillesco, no ha habido forma de hacer las paces con tan diabólica hierba. Le he dado varias oportunidades, he intentado ganarme su confianza, pero ella solo me ha respondido con jabón. Un jacuzi lleno de jabón. Leo en varias páginas web especializadas que la repugnancia al cilantro tiene una base genética y quiero (debo) creérmelo, pues solo conozco a una persona que lo aborrezca igual que yo, mi cuñado, y ya acarreamos suficiente friquismo ambos como para sumar otra manía gratuita a nuestras neurosis. Dios no ha querido que nos guste el cilantro, punto. Se vive mejor así.   

El problema es que el cilantro está de moda. Está en todas partes. ¿La invasión de los ultracuerpos? Un chiste al lado de la invasión de los coriandros. Si voy a un restaurante tailandés, mexicano o peruano, sé que me tocará ir con pies de plomo. Pero nadie me había preparado para esta tormenta perfecta de cilantro que lo asola todo y ya está a punto de introducir sus jabonosos tentáculos en el bocata de chorizo. Acabo de terminar el ‘Drácula’ de la BBC (Netflix), la serie de la que habla todo el mundo, y me sobreviene una reflexión marcada a fuego por el trauma. Si un Bram Stoker hípster hubiera ambientado su novela en la Barcelona actual, los aldeanos no protegerían con ristras de ajo las ventanas: colgarían manojos de cilantro. Mano de santo ‘foodie’ contra los no muertos. Y algunos vivos.