cocina de siempre

10 buenos restaurantes de Barcelona de comida casera

El perfume de guiso y carajillo te abrirá el hambre a bofetadas. Estos restaurantes son un grano en el glúteo del postureo 'foodie'. ¡Recupera los sabores viejunos!

Òscar Broc

10 buenos restaurantes de Barcelona de comida casera

Tanta tostada de aguacate, tanto ‘smoothie’ y tanto ‘ramen’ están aniquilando al señor mayor que llevas dentro. Si las modas gastronómicas y la humareda ‘foodie’ te han entumecido la lengua, ya es hora de recuperar los sabores viejunos, los platos que alimentaron a tus padres y abuelos y que seguirán cortando el bacalao, nunca mejor dicho, cuando el ceviche se pierda en el limbo de las modas.

Hoy comemos en 10 santuarios populares que veneran la tradición y la comida casera, las recetas de la yaya, los guisos que triunfaban cuando la neurosis ‘healthy’ no existía y uno se podía meter un estofado o un ‘cap i pota’ entre pecho y espalda sin miedo a morir de un infarto a los 50.

Platos inmortales, populares, sin pamplinas, de primer botón del tejano desabrochado y purito a punto.

Y no te extrañes si en alguno de estos santuarios se te paran las manecillas del reloj; por una vez, y sin que sirva de precedente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Un consejo: no leas esto si todavía no has comido.     

1. La pizarra mágica

Portolés

Dos pizarras con una ristra interminable de platos escritos a tiza observan a la clientela. Es la carta del Portolés, un doble rectángulo que los comensales estudian con devoción mariana y salivación masiva antes de aposentarse. En este negocio familiar no hay perdón para el despistado a la hora de comer: o llegas el primero o te comes una cola más larga que sus butifarras. Por la noche es más fácil encontrar hueco, aunque es posible que algunos platos ya se hayan agotado.

La fórmula de Portolés es de una honestidad que asusta: cocina que peina canas, más casera que la gaseosa y a precios de risa. Y, lo más importante: todo rico. Una escudella’ barrejada’ que devolvería a la vida a Joffrey Baratheon; unos sesos a la romana que son pequeñas nubes de placer; carrillera de cerdo horneada; pies de cerdo con setas; estofado de ternera; calamares a la plancha… Por 15 euros o menos, podrás entrar en una burbuja de recetas ‘vintage’ que los acólitos –y algunos guiris bien informados– saborean sin levantar la vista de los manteles de papel, no sea que quede algo en el plato.

Diputació, 375. 
T.: 93 245 31 10.


2. Carrillera y manta 

Gelida

Restaurante Gelida. / manu mitru

Catalogarlo de clásico es quedarse corto. Gelida es un universo paralelo, un pliegue en el tejido del espacio-tiempo que te devolverá a los días en que la gente no fotografiaba ‘lattes’ y ceviches, sencillamente comía bien y barato. Las aglomeraciones de glotones lo dicen todo. De esta casa de comidas con más de 70 años de vida uno sabe que nunca saldrá defraudado. Gelida es un deleite para nostálgicos. Huele como olían los bares de antes; un perfume de guiso, carajillo y vino popular que te abre el hambre a bofetadas. Refugio de currantes, gente de bien y algún turista despistado, este negocio cincela panzas a base de platos populares, suculentos y de una calidad inversamente proporcional a sus modestos precios: carrillera de cerdo y ‘cap i pota’ antológicos, codillo estelar, bacalao con tomate, lentejas, boquerones fritos, callos, caracoles, butifarra… Un desfase.

Y en sus ruidosas entrañas, rebozadas con viejas fotos del Barça, también se producen milagros a pequeña escala, como el bocadillo de fricandó, un chute de energía más contundente que un barreño de Monster. Por cierto, cuando pruebes sus desayunos de cuchara, maldecirás todos los huevos Benedict que has pagado a precio de cocaína en los locales de ‘brunch’ de moda.

Diputació, 133. 
T.: 93  453 79 97. 


3. La república “catariana” 

El Chigre 1769

El Chigre. 

Miércoles noche, cuesta de enero. Todos los restaurantes de la zona de la iglesia de Santa Maria del Mar y alrededores están medio vacíos menos uno, una sidrería/ vermutería 2.0 en la que el calor humano se suma a las neblinas alimenticias que expulsan el puchero y las brasas. Es El Chigre 1769, hermano del restaurante Llamber, un garito ruidoso y cálido que se define como una casa de comidas “catariana”, apelativo que responde a la fusión de cocina tradicional catalana y asturiana. 

Fusión ‘vintage’ y nutritiva, plasmada en una carta donde chocan recetas tradicionales de ambas culturas y gravitan productos de proximidad de fiabilidad contrastada. Chorizo de Cal Tomàs a la sidra para entrar en calor. Y que caigan también unas ‘patatines’ al cabrales. ¿’Cap i pota’ con callos a la asturiana? Más, por favor. Y no se olvide de servirnos el codillo, la gloriosa fabada de la casa y, habiendo hueco, el pescado del día a la brasa. Para poner el broche de oro a este ‘gang bang’ catalano-asturiano ultracálorico, una tabla de quesos de Asturias y un paraguas: en el Chigre llueve sidra. 

Sombrerers, 7. 
T.: 93 782 83 30. 

elchigre1769.com


4. Un país en la mochila 

Alnorte Bar

Alnorte Bar.

Hace poco que ha cumplido el año de vida y ya se ha ganado un hueco en el corazón de los amantes del puchero y la gastronomía atemporal. Como su propio nombre indica, este pequeño gran restaurante rinde pleitesía a la gastronomía y la historia cultural del norte de España, y factura platillos tradicionales de Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y lo que los fogones dispongan. Un acercamiento gastronómico y enriquecedor que se traduce en una carta sucinta pero potente. Los sábados tienen un “antibrunch” a la española, con quesos, requesón con miel, tostada de jamón asado y otras maravillas. Los miércoles, empanada, platillo de quesos y sidra a 10 €.

Y cuando termina la semana, celebran los viernes gastronómicos, rescatando viejas recetas norteñas y mimando al personal con patatas con chorizo al estilo Puente Viesgo, pimientos rellenos de bacalao, alubias de Tolosa, lacón con grelos o fabada asturiana. En la carta, se impone un desfile de tapas no aptas para finolis: cecina de león, lengua de ternera, caracolillos, zorza con patatas, mejillones de la ría, pastel de cabracho o intxaursalsa. Y que rulen las cortezas de bacalao, mil veces mejores que los Bocabits. 

Siracusa, 5. 
T.: 93 139 96 01. 


5. Emboscada en Vallvidrera

Casa Trampa    

Les digo a mis progenitores que me voy a comer a Casa Trampa y se apuntan a lo loco. Descubro que mi padre fue cliente habitual de esta casa de comidas ubicada en Vallvidrera. Se iluminan los ojos. Es un trasvase generacional que define el carácter de este veterano restaurante y le añade un plus de emotividad al viaje gastronómico. Un viaje al pasado remoto de Vallvidrera, no en balde esta casa de comidas se remonta al año 1804, como reza la placa de comercios centenarios de la entrada. He aquí un restaurante que puede sentar a la mesa a tres generaciones distintas de la misma familia. Y alimentarlas con su cocina casera, orgullosamente viejuna.

En sus bandejas metálicas el tiempo se detiene, como en un agujero negro: los platos se cocinan como antes, para qué cambiar algo que siempre ha funcionado. Su menú del día (11 €) ayuda, pero la magia que expulsan sus ollas es un reclamo poderoso: esas albóndigas con samfaina, esos guisantes con jamón, esos macarrones a la catalana, esa tortilla de calabacín (la mejor que he probado)… Ojalá todas las trampas fueran así.  

Plaza de Vallvidrera, 3. 
T.: 93 406 80 51. 
www.casatrampa.com


6. Líderes de la vieja escuela

Can Vilaró

Can Vilaró / manu mitru

Piensas en cocina popular y tu Google Maps mental enseguida te conduce a las dependencias de Can Vilaró, negocio familiar de larguísimo recorrido en el corazón del barrio de Sant Antoni. Sus platos caseros, pulidos y repulidos con el paso de los años, se suman a una afán arqueológico que haría palidecer a Indiana Jones. Es casi un milagro que en pleno 2020, en uno de los barrios más gentrificados de Barcelona, puedas empujarte riñones salteados al Jerez, sesos a la romana, mollejas o hígado. Y los clásicos no fallan. La comida de Can Vilaró, desprovista de ego, anclada en un pasado que no queremos olvidar, es una religión para sus numerosos parroquianos. Ya sea a la hora del desayuno o a la hora de comer, difícilmente encontrarás el local despoblado.

Un éxito que también explican los no menos suculentos precios: pagar 4 euros por un plato de macarrones o 7 por unas exquisitas albóndigas con alcachofas es algo que el papa Bergoglio debería estudiar seriamente. Alguien tendrá que reconocer semejante acto divino, digo yo.

Comte Borrell, 61. 
T.: 93 325 05 78. 


7. Por toda la escuadra

Gol

Bar Gol. / jordi cotrina

Es más fácil encontrar un guiri o un ‘centennial’ en la cantina de ‘Star wars’ que en el Bar Gol. A la clientela local de esta trinchera hace tiempo que le crujen las articulaciones. Gente del barrio de toda la vida, jubilados, trabajadores, una parroquia que se siente cómoda en su interiorismo de restaurante de pueblo.  Aquí se factura uno de los mejores ‘cap i pota’ de Barcelona, y cualquier plato, arroces del jueves incluidos, es un homenaje enternecedor a la cocina de nuestras abuelas. En el Gol, un negocio familiar septuagenario comandado por Pere Vives, no hay menú cerrado, hay platos. Te caen guisantes con jamón, caracoles, lacón con judías y huevo frito, callos, carrillera o estofado de ternera, da igual: gimotearás cual neonato, presa de una mezcolanza de nostalgia, sabores cósmicos y furor calórico. 

Manteles de papel, botas de vino, una pegatina de Jordi Culé y una foto de Anita Ekberg en ‘La Dolce Vita’ completan la experiencia Gol, un reclinatorio de la comida casera y el desayuno termonuclear, un grano en el glúteo del postureo que tanto se estila en Sant Antoni, insecticida para ‘foodies’. A Dios le pido que nos dure mucho tiempo.  

Parlament, 10. 
T.: 93 441 10 60. 


8. Rayos, truenos y centellas

Haddock

“Quiero que en este restaurante te sientas como en casa”, me comenta Franc Monrabà una fría noche de enero. A los diez minutos de haber entrado en Haddock, ya lo ha conseguido. Pedazo de cocinero sin ego, anfitrión extraordinario, Franc trabajó codo con codo con Santi Santamaria, entre otros, y conoce el oficio como nadie. Quizás por eso, su cocina combina dos factores imbatibles: sencillez (que no simplicidad) y producto de otro planeta. Las verduras se las proporciona el hijo de Santi Santamaria, Pau. Y me asegura que en pocos sitios de Barcelona encontrarás un cordero como el que le consiguen. 

Haddock borda una cocina casera, suculentísima, potente, sin la menor traza de postureo, y la eleva a un nivel de excelencia que te deja lelo. La escudella de los viernes, una de las mejores de Barcelona según los expertos, tiene más adeptos que ‘Juego de tronos’. De hecho, su menú de mediodía, a 19 ajustadísimos euros, es uno de los más solicitados de Barcelona. Prefiero relajarme por la noche y dejar que la carta me seduzca. Amor a primer bocado. Unos callos colosales, picantes, preñados de sabor, con una textura pornográfica; los mejores que he probado en la ciudad. Una tortilla de ‘camagrocs’ no apta para filibusteros que se adhiere a mi memoria como un recuerdo de infancia. Un hojaldre con nata majestuoso. Una casa de comidas en mayúsculas que estrecha lazos con el comensal. Uno de esos sitios en los que te preparan lo que te pida el cuerpo, aunque no esté en carta. Franc, contigo al fin del mundo. 

València, 181. 
T.: 93 631 37 16. 


9. Prozac de cuchara

Ca l’Estevet    

Ca l'Estevet.

El Raval cuenta con restaurantes con solera como L’Havana (calamares), L’Antic Forn (‘calçots’) o el renovado Bar Leopoldo (‘cap i pota’ con garbanzos), pero hay un local que concentra en sus azulejos prehistóricos y su antiquísima caja registradora la esencia de las viejas casas de comidas. Guisos contundentes, freiduría para ‘connaisseurs’, pescados y carnes que cantan ópera. Su carta es un poemario romántico dedicado a la gastronomía catalana inmortal. 

Otrora refugio de bohemios y animalejos de la farándula catalana, L’Estevet te devolverá las ganas de vivir con el mejor Prozac imaginable: fricandó de la vieja escuela, macarrones gratinados (estelares), canelones de la yaya, albóndigas con sepia (¡y gambas!), bacalao a la ‘llauna’ (de traca) y otras recetas nostálgicas. En este enclave histórico, resucitado en el 2010 por Pepe Cabot (de la familia Can Agustí), pondrás a prueba la resistencia del cinturón y encontrarás la siesta más larga de tu miserable vida. Por cierto, paradójicamente, uno de los platos estrella de este santuario hipercalórico es una ensalada. Ensalada de’ cap i pota’, qué te habías pensado.

Valldonzella, 46. 
T.: 933 01 29 39.
www.restaurantestevet.com


10. Cocina de mercado

Bar Joan

Ruido de vajilla. Comedor lleno de gente que mastica con fruición. El Bar Joan, enclavado en el interior del mercado de Santa Caterina, está vivísimo. En su barra se agolpan los fans, hipnotizados por los platos que la recorren: solo por el aspecto del bacalao ya sabes que aquí hay mambo. Desayunos fuertes y comidas de las de antes a precios populares. El arroz negro –me lo encuentro un sábado– es uno de los platos estrella de la casa, pero en este negocio vuelan unos callos de manual, unas albóndigas que parecen puños, un rabo estofado que huele a victoria.

Al ser un restaurante de mercado, cuenta con un producto de altas prestaciones y su clientela -currantes, jubilados, familias, parejas, todos caben en el Joan- es mayormente local. Los rayos gamma que desprende el ‘cap i pota’ te fundirán el móvil si pretendes hacer una fotito para Instagram. Ni lo intentes. 

Mercado de Santa Caterina (avenida de Francesc Cambó, 16). 
T.: 93 310 61 50.

 

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