Toma pan y moja

Morir en la cena de empresa

Es el anticristo 'foodie': nadie se atreve a hacer fotos a los residuos tóxicos de la mesa

Òscar Broc

Una cena de Navidad.

Una cena de Navidad. / ELISENDA PONS

Ese contable que huele a Ducados y solo te da los buenos días cuando necesita cambio para la máquina de café. Ahí lo tienes: con lamparones de cóctel de gambas en la rebeca de acrílico, bailando ‘Paquito el Chocolatero’ y tocando una trompeta imaginaria. Es la cena de empresa, un aquelarre ignominioso que, bajo el paraguas de algo tan sagrado como el yantar en fraternidad, aviva los demonios del ser humano y convierte a inofensivos compañeros de oficina en animales de granja antes de un terremoto. 

La cena de empresa es ese Vietnam en el que la reputación que te has labrado en el trabajo durante todo el año se desmorona en cinco minutos. Un ‘dragon khan’ rebosante de whisky barato hacia la autodestrucción. Pero más allá de los daños de imagen irreversibles que puede infligir, esta tradición es un atentado culinario que la OMS debería investigar. Cáterings de basura recalentada en microondas; terrinas de plástico con puré de sobre y cachos de pulpo tan gomosos que puedes utilizarlos como Blu-Tack; un emperador a la plancha ultracongelado que, si tuviera ruedas, podría ser un patinete; salsas industriales más tóxicas que el quitaesmalte de uñas…

Una bofetada de realidad

Bien mirado, la cena de empresa es el anticristo ‘foodie’: nadie se atreve a fotografiar los residuos tóxicos que llegan a la mesa, no hay nada bonito en esos bistecs que parecen colchonetas abandonadas. En cierto modo, es una bofetada de realidad que todo el mundo debería probar una vez en la vida, una mili necesaria para entender que, sin filtros, sin ‘emojis’ y ‘sin hashtags’, el mundo es un abismo sin fondo de pura decadencia. Imagino a los protagonistas de ‘Foodie love’ en una cena de empresa y vislumbro el ‘thriller’ psicológico del año: ganas de que anuncien la segunda temporada.