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TOMA PAN Y MOJA

¿De dónde sale esta cola?

Cada vez que veo una cola kilométrica en un restaurante sé que habrá un sitio donde se come igual o mejor, seguramente más barato y sin sufrir un brote psicótico mientras esperas

Òscar Broc

El restaurante Ramen-Ya Hiro.

El restaurante Ramen-Ya Hiro. / FRANCESC CASALS

Un amigo se preguntaba si realmente era tan bueno lo que cocinaban en Ramen-Ya Hiro como para que siempre hubiera tanta cola (y tantos sufridores sometidos a la crudeza de los elementos). Solo fui una vez a tan célebre restaurante de ‘ramen’ y para entrar debí acudir una hora antes de que abrieran. Me sentí como esos fans de Isabel Pantoja que empiezan a hacer cola el día antes del concierto. Y ni eso: junto a las hordas pantojiles, al menos habría bebido chinchón, comido pipas y cantado ‘Hoy quiero confesar’ siete veces. El ‘ramen’ muy rico, sí, pero no he vuelto nunca más. 

No existe un restaurante que se merezca hora y media de espera en plena rúe, con las gónadas en nitrógeno y la incomodidad de tener que engullir a toda prisa sabiendo que ahí fuera hay una fila de Caminantes Blancos dispuestos a apuñalarte en la cara si te demoras con el postre. Lo de las colas en restaurantes no es un buen negocio para la psique. Llegas a la mesa cabreado, humillado, roto. El plato te sabe a poco. Ni el más exquisito de los manjares borrará de tu mente esas dos horas de sufrimiento; no hay disfrute posible sabiendo que en la acera hay 60 asesinos en potencia odiándote. En la cola del restaurante de moda de turno, hasta el ser humano más gentil puede convertirse en una serpiente venenosa. 

Por mi parte, cada vez que veo una cola kilométrica en un restaurante, me congratulo, pues sé que habrá un sitio donde comerás igual o mejor, seguramente más barato y sin sufrir un brote psicótico mientras esperas. Además, los que hacen dos horas de cola para comerse unos fideos son los que luego dicen que no les da la gana de ir al Phenomena porque... hay que hacer cola. Un pescado que se muerde la ídem.