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TOMA PAN Y MOJA

La noche de los tartares vivientes

Se han extendido por todas las cartas de BCN como una plaga zombi fuera de control

Òscar Broc

Tartar de atún sobre lecho de aguacate.

Tartar de atún sobre lecho de aguacate.

No lo vimos venir. Cuando saltaron las alarmas ya era tarde. Todo empezó como un brote sin importancia, un virus de esos que vienen y van. Mientras las operaciones de Kiko Matamoros, el máster de Cristina Cifuentes y las uñas con incrustaciones de Swarovski de Rosalía nos mantenían anestesiados, estos agentes silenciosos colonizaban, mejor dicho, infestaban las cartas de los restaurantes de Barcelona. Y así, como un cuesco sordo en un ascensor, los tartares de atún con aguacate se apoderaron del ambiente hasta dejarnos sin aliento. 

Que nadie se olvide de que antes del ceviche y el ramen, el tartar de atún con aguacate ya estaba operando en la sombra, con una combinación cromática y un supuesto exotismo ‘healthy’ que atraía a los modernos como las lucecitas parpadeantes de una tragaperras a los ludópatas. Y del exclusivismo pasó a convertirse en moda. Y de ahí, se extendió por todas las cartas de Barcelona como una plaga zombi fuera de control.

Ahora, nada puede salvarnos. Están por todas partes, da igual si el restaurante es chino, japonés, peruano, catalán o ‘chiquitistaní’: los tartares ya son incontenibles. ¿Cómo escapar de ellos? La única solución es encerrarse en el hogar, tapiar las ventanas, coger la recortada y rezar. Y nada de cenitas entre amigos en casa de diseñadores gráficos, ‘curators’, ‘storytellers’ u otras profesiones guays. Caerás en la trampa, te prepararán el maldito tartar de atún y te tocará comértelo para no quedar mal. Segundos después, empezarás a perder la dicción, caminarás raro, se te pudrirá la piel y el único tartar que comerás a partir de ese momento será de cerebroCon aguacate, claro.