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toma pan y moja

¡Un café con asa, por favor!

Que la tontería no se apodere también de nuestra dosis irrenunciable de cafeína

Òscar Broc

¡Un café con asa, por favor!

Es la segunda vez que me pasa. Y espero que la última. El segundo fenómeno paranormal que vivo en un entorno tan poco dado al 'poltergeist' como una cafetería 'hipster'. La primera cafetería tenía nombre francés y mucha madera; la segunda parecía sacada de un anuncio de muebles escandinavos. En ambas entré con la testa gacha, en línea con la humildad de mis ambiciones: "Un café con leche, por favor… No, no quiero una tostada de aguacate". Y de ambas salí con mis reservas de fe en la humanidad a la altura del betún.   

Lo que yo entiendo por café con leche, resultó ser un océano de leche con un charquito de café. Como si un chiste de Eugenio te lo contara Marianico el Corto. Y en las dos 'coffee shops' (sic) me lo sirvieron en un recipiente desconcertante, el fenómeno paranormal al que me refería: una taza de grandes dimensiones sin asa; un cuenco contrahecho que te hacía sentir como si bebieras leche de yak en la tundra.  

Maniobra de distracción

¿Por qué esta obsesión por ser más modernos que los modernos? Será que soy un fósil, pero el café con leche me gusta consumirlo en una taza con asa, si quiero quemarme los dedos ya lo pediré en vaso. Y me pongo así porque ya vale, una taza-cuenco 'supercool' no sacará ese pufo de café de la vulgaridad, no lo hará especial. Es una maniobra de distracción típica de estas nuevas cafeterías cuqui que, aferradas como parásitos a la estela de los auténticos baristas, te dan gato por liebre… a precio de angula. 

Paremos esta moda absurda ahora que da sus primeros coletazos. Que la tontería no se apodere también de nuestra dosis irrenunciable de cafeína. Además, en un mundo sin tazas con asa, nunca podríamos alzar el meñique mientras saboreamos el café, como los mafiosos italianos. Y eso sí que no.