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TOMA PAN Y MOJA

Camarero, hay un aguacate en mi sopa

Se ha convertido en el Love of Lesbian de la fruta: está en todos los festivales

Òscar Broc

Camarero, hay un aguacate en mi sopa

Te lo encuentras a traición en los makis. Es la mariliendre del tartar de atún. Ha echado a la sacrosanta mantequilla de las tostadas. En Tickets hasta le han dedicado una pizza. El aguacate se está convirtiendo en el Love of Lesbian de la fruta: está en todos los malditos festivales. Al principio todo eran sonrisas y guacamole. Ahí estaban los hípsters, millennials realfooders bailando desnudos alrededor de una montaña de palta; poseídos por el verdor hipnótico de su pulpa; armados con la milonga del superalimento para socavar los ánimos de los que no renuncian al bocata de morcilla. Pero la diversión se ha tornado en pesadilla. El aguacate ha pasado de moda a obsesión y ha propagado un virus borreguil que ha alcanzado a todo quisqui. Está prohibido que no te guste.

Y da igual que una dieta abundante en aguacate te salga más cara que la vuelta al cole de tus hijos (he llegado a pagarlo a 5 euros el kilo). Poco importa que la demanda se haya disparado y no haya tanto cultivo para tanto #avocadolover. Con una fruta tan sana y rebosante de ácido oleico, vitaminas, Omega 3 y lo que Dios disponga, ¿qué puede ir mal? Además, el bichito es más fotogénico que Andrés Velencoso, una mina de likes, el puto amo de Instagram. ¿Cómo le vas a decir que no?

El delirio es tan desproporcionado, que algunos han convertido su desagradable piel en reclamo molón. No es broma, su cáscara se ha llegado a utilizar como taza de café (el avolatte) o cucurucho para helado (no he ingerido ninguna droga experimental de la CIA.) Y ahí va lo mejor: ¡en el 2018 se vendieron 74 millones de aguacates en España! Que nadie se sorprenda el día que le aparezcan cachos de esta fruta en el plato de cap i pota