El fin de una casa histórica

La Barcelona de los colmados pierde Can Ravell

El establecimiento, fundado en 1929, cierra al no poder afrontar una deuda

Pau Arenós

Josep Ravell muestra un plato de guisante en Can Ravell en marzo del 2016.

Josep Ravell muestra un plato de guisante en Can Ravell en marzo del 2016. / VIOLETA PALAZÓN

Colmado, mantequería y ultramarinos no son las palabras del 2017, enredados con la posverdad y el populismo. El colmado, mantequería, ultramarinos y restaurante Can Ravell ha claudicado tras 87 años con la misma discreción con la que recibió a celebridades que compartieron mesas largas y ensaladas de tomate con cebolla de Fuentes. La Barcelona de los colmados –qué pocos quedan– pierde un clásico. Y el Eixample, a otro de sus activos, tal como sucederá a final de mes con Wok & Bol.

Can Ravell cerró el 7 de diciembre y el propietario, Josep Ravell (Barcelona, 1959), vive aún el colapso de esa decisión: “Jodidos y tristes”. Habla en plural porque en este final sin champán quedaban nueve trabajadores: “De los 30 que éramos. Notamos mucho la crisis. Ajustamos precios y repuntamos. Íbamos pagando una deuda antigua…”.

Una deuda con la Seguridad Social: “Era del 2013. 69.000 euros, de los que habíamos abonado unos 9.000. En noviembre nos embargaron los datáfonos. Fui a pedirles que nos los devolvieran, pero no lo conseguí. Y como ya nadie paga en efectivo…”. La falta de billetes engrasó la persiana de bajada. “Mi patrimonio ha salido de la tienda y he ido metiendo dinero, corriendo el peligro de perderlo todo…”, lamenta Ravell en este luto de año nuevo.

Hoy Can Ravell es solo memoria: el local de la calle de Aragó 313 era de alquiler, los productos perecederos (el cochinillo, el fuagrás, ¡los garbanzos con chorizo!) fueron entregados a comedores sociales y la botellería, las latas finas y la pasta duermen en un almacén a la espera del administrador concursal.

Una imagen histórica de Can Ravell.

Ravell se ha quedado con los recuerdos, con los que no trafica: “Han sido años maravillosos, con público de todo el mundo, gente de primer nivel. Médicos de fama internacional, violinistas, futbolistas. ¡Y compartiendo mesas! Pero lo que ha pasado en Can Ravell se queda en Can Ravell”. Y a veces, en los periódicos: en el 2006, una comida del segundo tripartito (José Montilla, Joan Saura y Josep Lluís Carod-Rovira, ¿quién los recuerda?) fue descubierta por periodistas gastronómicos porque tuvieron la mala suerte de que el encuentro secreto coincidiera con una jornada sobre la trufa blanca.

En 1929, en tiempos de la Exposición Universal, de la llegada de Stalin al poder con bigotes de guillotina y de la matanza de San Valentín, Ignasi Ravell, padre de Josep, adquirió el colmado Estrada para convertirlo en Can Ravell. Solo interrumpieron la actividad durante la guerra civil por la proximidad a una fábrica de armas y el insistente bombardeo del acorazado 'Canarias'. La vía que ha abierto la deuda con la Seguridad Social ha hecho naufragar esta nave que ya no será centenaria. “Puede que en un par o tres de años podamos reabrir si encontramos inversores”. Puede ser. De momento, Can Ravell ha pasado de ser un colmado histórico a ser historia.