LOS RESTAURANTES DE PAU ARENÓS

Bar Ángel: amigo cerdo

Pau Arenós

Santi Hoyos y el cocinero Alejandro Britos, con unos ajos. Foto: Josep Garcia

Santi Hoyos y el cocinero Alejandro Britos, con unos ajos. Foto: Josep Garcia

La tortilla con morcilla patatera del bar Ángel es un reclamo de primera. Se avecina la revolución tortillera, batida en silencio y que cuajará cuando los 'aristochefs' aprecien la versatilidad del huevo batido. Quien trabaje la yema –Jordi Vilà se ha adelantado– dará en la diana.

En este restaurantito de la calle de Ocata, junto a la estación de Francia, Santi Hoyos, agitador gastronómico, ofrece una redondez áurea de unos siete centímetros de alto, que cocina el uruguayo Alejandro Britos, artista de la plancha.

La comí en el punto exacto entre la baba y la firmeza, jugosa, con el añadido del derivado del cerdo ibérico, que los despistados podrían confundir con la sobrasada.

  • Dirección: Ocata, 2 bis.  Barcelona
  • Teléfono:  93.269.04.93
  • Precio medio (sin vino): 20 euros

Rojo, graso, envolvente. La degustación de la masa punk es argumento para arrimarse a la barra o subir al altillo.

Encontré a Ton Mata, cabeza espumosa de cavas Recaredo, embelesado con lo mismo.

«El origen de la morcilla patatera está en la posguerra, cuando añadían la patata para que cundiera más», descubre Santi.

Un personaje, badalonés con barca y afición al anzuelo, dueño del bar Mudanzas, aprendiz de hortelano con tierra en el pueblo de Ocata –las verduras viajan de Ocata a Ocata–, uno de esos tertulianos de la calle que podrían ocupar plaza de radio.

El cerdo es un tótem. Lo santifican desde la entrada. La cosmología porcina está dibujada en la pared: el centro es el ibérico de la empresa Maldonado –una de las referencias del culto a la bellota, situada en el pueblo extremeño de Alburquerque– y orbitando, alrededor, combinaciones verdes o leguminosas.

Carta mini porque la cocina es mini, y aún más el servicio de vinos, de parchís. Copas de Petit Bernat y Milú –el nombre mola, ¿verdad, Tintín?–. Ambos cumplen. «Solo botellas a buen precio».

Se precia Santi de hacer 'castings' de productos –ha estudiado el chorizo de León y se decide por la marca El Tarabico– y se disculpa porque los tomates son de peor calidad que los de su campo, de la variedad rosa etern.

Pan de Vilamala, aceitunas pico limón de Badajoz, mejillones del Delta, cigalitas crujientes, garbanzos salteados con morcilla patatera, vieiras albardadas con tocino (la vieira, amigo, no es lo mío), presa ibérica con espárragos.

¿Y de postre? «Un 'catalanet', helado de turrón con ratafía». La última revelación es impactante: ha merengueado cantidad de helados y el satisfactorio es el de... La Sirena. No hay nada que ocultar. Entretenemos el café con unos 'cookinyolis'.

Agrada la filosofía de Santi, la franqueza y claridad de la oferta, el descanso mental que da comer ibérico todo Maldonado o una tortilla de patatas sin discurso (y que apasiona y es necesario, pero al que hay que dar reposo).

¿Por qué liarse con un bar? «Por rabia. Nos quejábamos de los restaurantes franquicia, los Burriking, y hemos franquiciado las tapas».

Apostemos por el mundo desfranquiciado.