Conde del asalto

Los melocotones de la ira, por Miqui Otero

'Alcarràs' es una obra maestra. Por mil detalles y gestos

La familia Solé, reunida a la mesa en una escena de ’Alcarràs’.

La familia Solé, reunida a la mesa en una escena de ’Alcarràs’. / Avalon

Nada más salir del cine, pensé que quería volver a ver 'Alcarràs'. Al menos dos veces. La tercera sería con los ojos puestos en la pantalla. Antes, la segunda, mirando las caras de la gente en el patio de butacas.

Mirar al que mira: uno de los muchos recursos que usa esta película tan imponente como poco aparatosa, tan especial, dirigida por Carla Simón.

Una comida familiar justo antes de la tormenta

Si uno intenta recordar un instante es posible que se quede con una comida familiar de porrón y brindis, justo antes de la tormenta. El tintineo de vasos y cubiertos se detiene porque alguien quiere capturar el momento, quizás temiendo que sea el último. Así que la tribu intenta sonreír mirando a cámara. Nos están mirando a nosotros, al público, y, de hecho, quien hace la fotografía es la única persona de la familia que abandonó este pueblo 'lleidatà' para ir a vivir a Barcelona. La familia queda congelada, como parece estático (aunque pasen segundos o años) un paisaje hermoso pero seco en campo abierto. Y entonces el clic. Y, luego, vemos el móvil (un iPhone) que ha atrapado ese recuerdo.

La película arranca, de hecho, con un primerísimo plano de tres niños que juegan en un coche abandonado muy cerca del pantano, como si aquel otro ocupado por la muchachada de 'Si te dicen que caí', de Marsé, estuviera en el pueblo perdido de 'El río', de Matute. Juegan a una especie de guerra simbólica, esos niños que ponen gasolina con una regadera verde. Fuera hay otra guerra: la lucha por el territorio, tradicionalmente dedicado a la labranza y al melocotón y que ahora puede capitalizarse, como mucho, con placas solares gestionadas por los ricos de la zona (apellidados Pinyol, como el hueso del melocotón, como lo importante en un conflicto). Se oye entonces el ruido de una excavadora y, en lugar de mostrárnosla, vemos los ojos de los tres niños mirando al monstruo.

El ruido insidioso de una máquina

Y la película acaba con un recurso familiar. La familia, en su jardín, participa en la elaboración y el etiquetado de unos melocotones en almíbar. Todo es armonioso hasta que zumba el ruido insidioso de otra máquina. También tarda en mostrárnosla. Así da más miedo, como pasa con 'La mujer pantera', de Tourner. La cámara recorre las caras, entre la rabia y el desencanto.

'Alcarràs' es una obra maestra. Y lo es por decisiones como estas. Por mil detalles y gestos. Las trenzas de la preadolescente que quiere y no puede avanzar. La vena en el cuello del adolescente desengañado que se entrega al trial, al 'speed', a la música mákina. La camisa planchada y metida por dentro del abuelo que asiste, con una perplejidad digna, a la desaparición de su mundo. El primer cigarrillo de la madre cuando toma una decisión y el padre enfrentándose a la maquinaria oxidada como un jabalí herido.

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Tiene Simón una capacidad empática paranormal para entender a cada una de esas generaciones. Parece capaz de decirnos sus pulsaciones cuando trabajan o sus pesadillas cuando duermen. Sabe evocar, de forma seca y emocional, un pasado no bucólico, ocuparse de un presente conflictivo e imaginar un futuro imposible. Un eco en 'Las uvas de la ira', de Steinbeck: "Y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia". Mirar otra vez esos ojos y los ojos que los miran.