Conde del asalto

Noche de clásicos

Al ser etiquetado así, uno se siente como Carradine en horas bajas rescatado por Tarantino

Noche de clásicos

Parece claro que llevas mucho tiempo sin salir por la noche en condiciones cuando llegas a la barra y dos personas dan una palmada al aire y sueltan: “Hombre, ¡noche de clásicos!”. 

La frase, emitida en primera línea de barra por dos músicos amigos, no está exenta de júbilo, pero sí encierra alguna reflexión. La primera, que quizás no frecuentabas determinado tipo de conciertos desde hace meses, sea por la pandemia, sea por ese oficio de jefe tiránico que es la paternidad. La segunda, qué significa ser un clásico en ese entorno. 

Ser un clásico, o que te lo llamen de forma cariñosa al verte ahí, inesperado como una aparición mariana o un hipogrifo dorado, no significa lo mismo que serlo en el cine, la música, la literatura. Es decir, no equivale necesariamente a que hayas hecho algo bien, sino a que has hecho algo muchas veces. Estar ahí. De forma insistente. Como fruto de una inquebrantable vocación. Una noche y otra. Y otra más. Hasta la copa final. 

Al ser etiquetado así, uno se siente como Carradine en horas bajas rescatado por Tarantino. Como María Dolores Pradera sacando un disco anunciado en la tele con un rótulo parpadeante donde se lee, porque parece increíble: “Nuevas canciones”. 

Y cuando has estado reconoces rápidamente si algo ha cambiado. No sucede así esta noche de conciertos en una sala de L’Hospitalet, en un callejón casi poligonal a pocos minutos de la estación de metro de Bellvitge

Siguen los tiradores en la barra. Siguen los logotipos de marcas (ese neón de ciervo) presidiendo las botellas multicolores alineadas. Siguen los que se colocan al lado de los amplificadores para sentir los bajos en el corazón y en los huesos y los que acodados en la barra. Siguen, en el caso del concierto de hoy, los mismos gestos: el guitarrista con cara de estar disfrutando pero “acabemos con esto pronto” y el otro, que, pese a ser suyas, canta mirando con gran estilo el suelo (donde tiene apuntadas las letras a tamaño Times New Roman 18). Sigue la batería, adornándose con redobles y envuelta en un juego de penumbras. Siguen, también, los comentarios ingeniosos de la cantante, hoy sembrada. 

Algunos músicos engolados exigen silencio. Ella, sin embargo, prefiere tirar de sorna, ante cierta melé de asistentes que prefiere cuchichear: “Os estáis poniendo al día, ¿no?”, “¿Tenéis algún coti interesante? ¡Me encantaría saberlo!”. 

Décimo aniversario de La Fonoteca

Siguen los globos inflados y hasta la bomba de humo de gran actuación. Esta es pequeña de dimensiones, pero sirve para celebrar el décimo aniversario de un proyecto underground barcelonés encomiable, La Fonoteca, y sirve, también, para que se reencuentren los clásicos. 

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Siguen, por último, los rituales. El bocadillo entre concierto y concierto. En este caso, un bocadillo que es, verdaderamente, un clásico, uno de otra época, por la cantidad de chicha que sus dos rebanadas de pan emparedan y por el que en el centro de Barcelona habría que pedir un crédito a plazos o hacer dación en pago al llegar a la mitad. Pero también aparece la sorpresa: vemos otro clásico, el Barça contra el Espanyol, y un camarero envía la señal a la tele con su móvil. Pero una tal “Bea Móvil” insiste en llamarlo sin parar y mandarle mensajes, que aparecen en la pantalla de este bar gigante de grandes bocadillos. Quizás la tal Bea, apellidada Móvil, cuando por fin el camarero vuelva, le diga: “Hombre, por fin, dichosos los ojos, ¡noche de clásicos!”.