Conde del asalto

El último pato sucio

Llamar Dirty Duck a un bar de tapas caseras era, digamos, arriesgado. Otro restaurante que cierra

El último pato sucio

JORDI COTRINA

Ya le he leído a más de un fascista conspiranoico la idea de que la causa de todo lo que ha sucedido recientemente ha sido la exhumación de Francisco Franco. Es decir, algo así como nuestra versión de la Maldición de Tutankamón: “La muerte golpeará con su miedo a aquel que turbe el reposo del faraón”. 

Así, según esta teoría, debido a sacar al dictador de El Valle de los Caídos, pum, llegó la pandemia global del covid, los volcanes se volvieron locos y hasta el juego del Barça comenzó a parecerse sospechosamente al del Eibar (siendo generosos).

No suscribiremos desde aquí estas alocadas teorías, pero sí tenemos claro que desde que la redacción del periódico que tienes en tus manos cambió de lugar, los bares en los aledaños de su antigua ubicación están cayendo como moscas. En poco tiempo han cerrado lugares como el Butyklan (ese bar de futbolín y billar, barra de escay granate y vasos de tubo, una especie de Catalunya en Miniatura de los pubs de los 80), La Llave (restaurante de nombre televisivo serio con comida muy seria por lo deliciosa que era) o, ahora, el Dirty Duck

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No se lleven a engaño, el Dirty Duck no era el nombre de un pub británico con quiz de viernes, pantallas de la segunda división inglesa y cantautores versionando 'Wonderwall'. No, era un bar típico, a los que se les suele aplicar el sintagma “de toda la vida”, de pincho de tortilla y cordero a mediodía. 

Sin saberlo, estuve en su tanatorio. Es decir, pasé unas horas allí el pasado viernes, horas antes de que echara el cierre para siempre. Puedo decir que lo exprimí al máximo, como cuando pagué todos los peajes de la autopista horas antes de que se volvieran gratuitas. Ese último día, cargué mi móvil tras la barra, usé repetidamente el baño para hacer aguas menores, brindé con cerveza y, cuando ya casi se nos olvidaba, hasta cené. En concreto, un delicioso bocadillo de jamón serrano. 

De ese bar que abrió sus puertas en Diputació con el paseo de Sant Joan en 1980 ahora solo queda el cartel. Ese cartel donde se leía Dirty Duck con una copa de martini dibujada (en un sitio donde se servía 'cap i pota'). Llamar El Pato Sucio a un bar de tapas caseras era, digamos, arriesgado. Explica Ferran Imedio en el obituario de este local que a uno de los hermanos del dueño le gustaba el nombre porque le recordaba al de un sitio al que iba en Londres. Premio al mejor 'naming'.

Bares con nombres inadecuados

Me gustan, sin embargo, los bares con nombres inadecuados. Muchos años, cuando era un fan de los años sesenta, iba a un tal Bar Varela, en Gràcia, porque me hacía gracia decir que quedáramos en un garito con nombre de heroína galáctica (Barbarella). Hay muchos otros en la ciudad, algunos cerrados: Paco Meralgo, Tasca Txondo, Bharma, Bar Veider y hasta Potala (o Pótala, un restaurante tibetano al lado de casa). Fuera, La Birra de Brian en Valencia. O todos esos que se llaman La Oficina o El Gimnasio y que te permiten decir, entre risas fáciles, las mejores, “Me voy a la oficina, que llego tarde” o “tengo que ir al Gimnasio un día de estos”.

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Cuando no existamos ni nosotros ni los brindis, seguirá existiendo el eco de esos nombres. “Aunque nos creamos especiales, todos preguntamos los nombres de los bares”, cantaba Sergio Algora. Un bar llamado Dirty Duck (prefiero no decirles lo que significa en argot callejero) donde brindamos por última vez antes del concierto.