Conde del asalto

El segundo primer concierto

Una abstinencia lo suficientemente prolongada puede ayudar a que esta Mercè la sensación sea muy parecida a la de ir por primera vez a un concierto

Los Enemigos.

Los Enemigos.

Del mismo modo que es imposible desvirgarse por segunda vez, también lo es ir por primera vez a un concierto. Pero, desde luego, una abstinencia lo suficientemente prolongada puede ayudar a que la sensación sea muy parecida.

Yo recuerdo de forma muy nítida mi primera vez. Mi primer concierto. Fue en el campo de fútbol de una aldea gallega. Los astros se habían alineado para que tocara a unos metros de casa de mis padres uno de mis grupos favoritos. Aquello fue en un julio de la costa gallega, que es algo así como un septiembre de otro sitio. Los árboles cabeceaban por la brisa y el ambiente era de fiesta mayor. Con esto no quiero decir que fuera un ambiente festivo, sino que realmente parecía una fiesta de prado con orquesta: niños apartaban rodillas como si fueran lianas, adolescentes en círculo se cuarteaban los labios comiendo ochenta pipas por minuto, abuelos preguntaban si “la orquesta de esta noche trabaja bien”. Solo que en lugar de una orquesta interpretando 'Qué hiciste, abusadora', actuaba uno de los mejores grupos de punk de la historia musical de nuestro país. “Diga qué le debo, yo suelo pagar lo que como y lo que bebo”, le canté al de la cantina, jugueteando con el tintineo de las monedas de la semanada en mi mano antes de conseguir el cubalitro de Martini con limón. 

Si en lugar de ese concierto, me hubiera metido en una lavadora de ropa de color, mi salida de él (despeinado, empapado de sudor, pintalabios robado con primeros morreos y cara de 'Joker 'después de la explosión, desteñido todo yo de tanta emoción soltada) sería similar, como también lo sería mi recuerdo. 

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Han pasado más de dos décadas desde aquella primera noche. Incluso el líder de ese grupo favorito (ante todo mucha calma, ya digo cuál es: Siniestro Total) es ahora mi colega y, de paso, una de mis personas favoritas. Pero en cuestión de horas intentaré rescatar una sensación similar. 

Toca, en el marco de la Mercè, otro de mis grupos favoritos de por aquí. Llevo semanas preparándome para ir. En realidad, año y pico, porque fue uno de los grupos que más escuché durante el confinamiento más severo. El grupo es Los Enemigos y el disco que compartía con los amigos que me acompañarán esta noche es 'Bestieza', un chute de energía para comerse el mundo cuando casi no podíamos salir ni de la cocina.

Ilusión de adolescente

Desde antes de la pandemia, solo he ido a un concierto de amigos y a unos cinco de bandas infantiles (en mi casa, Dàmaris Gelabert es más respetada que Marvin Gaye). Así que llevamos días preparando el concierto con ilusión galopante y desprejuiciada de adolescente, solo que en lugar del primer grano en la nariz podamos llegar con el primer pelo que sale del oído. Días cuchicheando en el grupo de Whatsapp. Recitando versos y prometiendo berridos. Hemos pactado, incluso, ir al concierto vistiendo la camiseta del grupo. Algo que no hago, probablemente, desde que aún no temíamos al Efecto 2000 y aún servían cosas en vasos de tubo. 

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No sé si es posible quedarse afónico con la boca embozada, pero si ven a unos cuantos con la camiseta de la raspa de sardina gritando detrás de las mascarillas y calculando, sin Google Maps, cuántos minutos hasta el bar de la salida, seremos nosotros. Y lo primero que cantaremos, aunque revivamos ni que sea de lejos el pasado, será: “El futuro fue, desapareció”.