Conde del asalto

'Underground' de media tarde

En las Galerías Olimpia, encuentras un vergel de discos a un euro y varias tiendas de vinilo de segunda mano

Galerías Olimpia.

Galerías Olimpia.

Entre cajas de casetes de Patxi Andion, Nostálgicos Carrozas y Percy Sledge, al lado de cubetas de vinilos de siete pulgadas de Los Amaya, Al Green y las Baccara, hay un pequeño DIN A4 maquetado con Word y enganchado con celo donde se lee: “¿Cuántos conciertos en la parte de atrás?”. 

El papel está en la entrada de las Galerías Olimpia, en Ronda Sant Pau con Aldana, pero la mayoría de las mejores cosas suceden en la parte de atrás. Quizás por eso tengan tanto encanto las galerías comerciales. O lo que queda de ellas. O lo que hagamos con lo que queda de ellas. 

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Pongamos por caso la de más relumbrón: la Avenida de la Luz, con sus 2.000 metros cuadrados comerciales festoneados de neones que abrieron en la Barcelona más apagada de la posguerra, entre Pelai, Bergara y Plaça Catalunya, para caer definitivamente con la Barcelona olímpica. Lo que se concibió casi como un reclamo propagandístico del régimen vivió décadas después un declive muy elocuente. Su cine, que se inauguró con una maratón infantil de Disney, acabó como Cine X, proyectando 'El placer entre las nalgas'. De protagonizar aquellas noticias en el NODO acabarían sirviendo de escenario para el primer cine underground de Bigas Luna o de los versos de Loquillo: “Avenida de la Luz / Es un buen lugar / para acabar borracheras / El Heartbreak Hotel de mi ciudad / El mito de la ciudad sumergida / A esta hora se vuelve real”. Yo, por edad, no la viví así. El alcohol, allí, solo lo conocí en frascos de perfume. Las enormes columnas inspiradas en el Palazzo Caprini de Roma las descubrí, pintadas de negro y blanco, cuando hacía inventarios nocturnos del Sephora contratado por una ETT (salía oliendo a mil perfumes distintos, a rayos, y el olor persistía en todo lo que me fumaba durante semanas). 

Un maravilloso zoco cultural

Pero estamos en año olímpico y he venido a hablar de otras galerías, las de mi barrio, las Galerías Olimpia, las que tienen ese papel de los conciertos. Esto fue un teatro circo colosal, el Liceo popular del Paral.lel, abierto en el fragor de las Exposiciones Universales con capacidad para 6.000 personas. Luego la cosa decayó y se convirtieron en las típicas galerías algo venidas a menos. Los letreros daban pistas: “Abogados y tapiceros”, un maridaje más extraño que los Rápido donde remiendan zapatos y copian llaves. Y un mensaje que parece un chiste por el paraíso oculto, un maravilloso zoco cultural, que ahora acoge. 

Porque en las Galerías Olimpia, al lado de Flores Olimpia o de la tienda del fútbol moderno de las camisetas a cien euros, encuentras un vergel de discos a un euro. Hay, además del legendario bar, varias tiendas de vinilo de segunda mano. Además de joyas de Italo o de house, se cuelan joyitas dispersas de otros géneros, como un álbum de Chipén (conectadísimo con el barrio) o esa joya de Corazón de Tiza, de Radio Futura, con portada de Max.

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Dicen que hay estudios de grabación, sellos discográficos y hasta un señor que te arregla la ropa. Ideal no para ese 'Underground de mediodía', del cuento de Tom Wolfe, pero sí de media tarde (solo abre en horario vespertino). Los dueños de las tiendas parecen una tribu bien avenida. No son comunes estos milagros colaborativos en Barcelona. Ahí los dejo, intentando arreglar una especie de preciosa caja registradora vintage y de juguete. Si logran encenderla, ojalá ayudéis a que cobre y guarde muchas monedas que alimenten este tesoro.