Conde del asalto

Las camisetas de Pintor Fortuny

Ha cerrado la Catedral de las Camisetas Soñadas

Las camisetas de Pintor Fortuny

Puedes no recordar tu primer concierto, pero sí tu primera Camiseta de los Conciertos. Da igual que la usaras para bajar al parque, para el examen final o para limpiar poluciones. Era la Camiseta de los Conciertos porque: a) Era tu favorita, b) Hablaba de ti sin necesidad de que abrieras la boca, c) Te la habías inventado tú. 

Esto suele suceder en esa época en la que eres listillo, porque a listo no llegas. Cuando necesitas señalar en ropa y carpetas todo lo que te gusta, porque te da vergüenza o pereza hablar.

En Barcelona, el rito de paso adolescente era comprar la primera camiseta guitarrera en la pionera tienda JBP del número 116 de las Ramblas. Allí entre mucha camiseta heavy metal, y mucha lengua de los Stones, encontrabas con suerte alguna prenda de los grupos que te empezaban a gustar antes de que tu nariz con textura de acné sombreara tu primer bozo. En esa primera época Clearasil, esas camisetas eran suficiente para diferenciarte del resto de clase. Pero pronto, cuando salías al mundo, a la calle y al concierto, se quedaban cortas.

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Es ahí cuando, si eras de Barcelona, entraba en juego otra tienda algo más escondida. En la calle Pintor Fortuny se mostraba orgullosa la Catedral de las Camisetas Soñadas. Tras su fachada de caoba y vitrales (así como) modernistas, te saludaban Roy Orbison y Joe Strummer. Era entrar a esa tienda y podías escuchar, de fondo, a Samuel L Jackson recitándote: “Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi venganza sobre ti”. 

Grandes éxitos de tela

Lo que caía no era una venganza, sino un encargo. El que venías a pedir (una foto o una portada de disco bajo el brazo) a esta tienda. Toda catedral tiene sus predicadores, o incluso obispos, y esta tenía los mejores. Uno, el más venerable, tenía siempre un aire bohemio, casi como ex hippy: era el patriarca, Vicente Amposta. Luego descubrías que era pintor y que durante un tiempo vendió en Pintor (Fortuny) sus paisajes y retratos. Luego estaba Iván, al que te cruzabas paseando a sus perros, el diseñador responsable de que esa tienda fuera casa. Y dejo para el final a Vicente hijo. Yo allí me fui a hacer camisetas de Nico, de The Boys, de Neu! o de Peret, pero en realidad la sola presencia de Vicente, espigado como Lucky Luke, patillas de hacha, ocasional gorra camionera, voz que baritoneaba que ese estampado no era, como la vida, fácil, te hacía pensar que ese tipo seguro que tenía un grupo. Un grupo que querrías estamparte en tu camiseta. Es decir, entrar para hacerte la camiseta de un grupo semifamoso y querer hacértela con el suyo, algo así como pedir el vino de la casa y que esté aún mejor.

Luego conocería a Vicente como Vincent Leone, el sheriff de ese barrio y El Cantante de muchos escenarios, antes con Joder Around, luego con Tarántula o con los Hijos del Trueno. Ahora que cierra su tienda, que no pare su música. 

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La tienda de las Ramblas, informa Ricard Martín en 'Time Out', es ahora una tienda de pollofres (gofres en forma de cigala). Hay ahí una metáfora de algo que prefiero no explorar, mientras miro el Grandes Éxitos de las camisetas históricas que me hice en Pintor Fortuny y, ahí va otra metáfora, compruebo que no me caben, pero sé que no las voy a tirar jamás.