Conde del asalto

El pollo del domingo

Es lo más cerca que uno se siente del cavernícola atlético que salía a cazar para alimentar a su cueva

El pollo del domingo

Bajar en chándal a por el pollo a l’ast del domingo es lo más cerca que me sentiré del cavernícola atlético que salía a cazar para alimentar a su cueva.

Lo pienso cada vez que estoy en la cola decidiendo si uno entero o medio, si patatas fritas o gourmet, si croquetas de bacalao o de cocido o de setas o de queso de cabra y espinacas.

Los yanquis dan las gracias asando un pavo un día al año, pero los barceloneses lo hacemos cada domingo. El pollo a l’ast sirve para la celebración y también para la post-celebración. Es decir, para las comidas familiares dominicales y también para solventar las resacosas pocas ganas de cocinar en los días posteriores a los excesos del sábado.

La pandemia no ha hecho sino fortalecer esta tradición. En meses en los que no se podía, o era complicado, o incluso desaconsejable, comer fuera, el pollo a l’ast en bandeja de aluminio recogido para abrir en casa era la mejor alternativa. De hecho, durante el primer confinamiento se decía que de esta saldríamos juntos y mejores. No ha sido el caso, pero al menos yo, que no comía demasiado pollo, saldré de esta crisis sanitaria haciéndolo.

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Por qué no comía pollo es algo difícil de entender, porque en realidad siempre me ha gustado. Sobre todo si tenemos en cuenta de que crecí a solo unos metros de la Rostisseria Urgell, con su logotipo de llama y abierta desde 1965, uno de los sitios de pollo para llevar más clásicos y recomendables de la ciudad (quizás por su cercanía con el Dominical de libros de segunda mano, siempre fue un lugar muy concurrido). Aun así, mi trauma, verdaderamente infantil pero sostenido a lo largo del tiempo, tiene que ver con el final del verano. Madrugábamos para volver en el Ford Orion desde Galicia a Barcelona y, a esas horas absurdas y con el estómago revuelto, siempre era el momento de desplumar y meter en maletas los pollos que nos llevábamos a la ciudad desde la aldea. Los nervios, el sueño, la tristeza, las trazas de sangre y esos pollos desnudos como dibujos de Tex Avery provocaron que tiempo después aún declinara la idea del pollo a l’ast y que ante la pregunta “muslo o pechuga” contestara como Bartleby el escribiente: “Preferiría no hacerlo”.

Pollos hípsters

Sin embargo, la pandemia me ha animado a ir a cazar pollos a l’ast desde las primeras semanas de encierro y me ha pasado como a aquella gente a la que le ponen una escayola y ya solo ve por la calle a gente con el brazo en cabestrillo. Esto es, veo pollo a l’ast por todos los lados, especialmente los domingos. Al margen de clásicos como el de Urgell, donde esas enormes brochetas dan vueltas y giran empapadas de su propio jugo desde hace más de medio siglo, han abierto mil versiones modernizadas (incluso hipsterizadas) con nombres como The Creative Chicken.

El pollo a l’ast, ritual y democratizador, barato desde que predominaron las granjas, con raíces en Pakistán y en la antigua Grecia, girando siempre, quizás dorado con aceite de oliva y con un poco de coñac, está más fuerte que nunca. Y yo me pongo la canción 'For your love', de los Yardbirds (escúchenla, aunque ellos no lo sepan dicen 'pollo a l’ast' en el estribillo), o 'Comiendo pollo', de Sisa, para ir a buscarlo, donde me encuentro a otros cazadores, como uno de los timoneles de este diario, corazón de rocker a veces con dominguera sudadera negra y siempre con flequillo.

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Y creo que seguiré saliendo a capturar pollos a l'ast , en honor a todos nosotros: la pandemia nos quiso cortar la cabeza pero de algún modo seguimos corriendo y viviendo.