Conde del asalto

Dragón de cartón

La ausencia durante un año sirve para ver Sant Jordi con nuevos y extrañados ojos. Siempre que has estado peor, lo malo sabe hasta bien

Miqui Otero

Dragón de cartón

Hace justo ahora un año, estaba mirando un tutorial de Youtube para convertir una huevera de Huevos César en un dragón y para recortar y colorear con Pintura Jovi Niños una rosa silueteada en una caja de cartón del Cal Fruitós.

Ambas operaciones se completaron con cierto éxito: el dragón verde, algo así como un Transformer precario, surgió de la huevera con ojos y lengua incluidos gracias a mi nuevo esmero en las manualidades y la rosa aguantó muchos días sin marchitarse. Por último, Sant Jordi fue un Mr Potato al que añadí en su mano blanca extraíble una lanza de papel Albal.

Así nos entreteníamos y entreteníamos a la prole en el Sant Jordi confinado y, claro, aquel día lo único que firmé fue el recibí de una compra a domicilio del Mercadona. Algo nostálgico, puse en el albarán: “Para el Señor Mercadona, espero que vengan tiempos y lecturas mejores, Miqui. PD, ojo que no se le acaben las existencias de cerveza de marca blanca”. Y lo tendí muy convencido de hacer feliz a un lector (el mensajero se fue a la carrera, sin esperar al ascensor).

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Digamos que si la leyenda de Sant Jordi nace de un caballero que derrota al dragón que amenaza a la princesa, y de la sangre del animal brotan las rosas y de la carta de agradecimiento de la damisela, los libros, el año pasado la princesa estaba encerrada enviando emojis de lloros y el dragón era un Godzilla pisoteando hasta los parterres de la avenida Diagonal.

Firmas con restricciones

Ha pasado un año y esta vez sí toca volver a firmar. Con restricciones, claro, pero más restricciones había el año del Dragón Huevera. Como algunos escritores, dice la leyenda, solo salen y entran en contacto con humanos ese día, aconsejo fijarse en nuestro tono de piel y torpeza social después de 730 días. 

Lo bueno de la situación es que siempre que has estado peor, lo malo sabe hasta bien. El día arranca con la expectativa de vender casi un millón de libro y 3 millones y medio de rosas, nada menos. Teniendo en cuenta que el año pasado lo único nuevo que pudimos leer aquel día fue la caja de Kellog’s, no está nada mal. Además, la zozobra año tras año de todo el sector es que no llueva y ahora con que no llueva plutonio nos conformamos. 

Nueva mirada

Por otro lado, la ausencia durante un año sirve para ver la realidad con nuevos y extrañados ojos.

a) Las rosas. Nada más divertido que mirar las diferentes modalidades de llevar una rosa, según el complejo y la masculinidad del portante. Algunos la enarbolan lejos del pecho, como si se la estuvieran sosteniendo al que camina por delante. Otros la maltratan metiéndola en la mochila. Otros, se la ciñen a la pierna como si fuera una espada ropera. Otros, menos acomplejados, la llevan con orgullo y sonrisa. 

b) Los autores. Se disfruta como un relato de asesinato de Agatha Christie mirar las miradas de soslayo, algunas asesinas, que se lanzan entre ellos cuando las colas son demasiado asimétricas.

c) Los libreros. Disfruten de su merecida euforia atareada. Por una vez la gente les hace tanto caso como a los vendedores de carcasas de móvil el resto del año. A mí, cuando me toca firmar, me encanta quedarme mirándolos y pensar: “Dale gas, te lo mereces”.

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d) Los lectores. Jugar a adivinar cuántos de los que llevan un libro lo leerán. Mi consejo aquí es simple: háganlo. Sant Jordi es una fiesta pero también una promesa, la promesa de las vidas que circulan por las páginas que se abren al día siguiente. Y que nos acompañan, y han acompañado, cuando nos quedamos encerrados.