Conde del asalto

Todos los campos, el campo

Entre confinamientos y semiconfinamientos, mi hijo lleva sin salir de casa prácticamente un tercio de su existencia. Ya nos calzaríamos las Quechua hasta para pasear por el césped de la Ciutadella

Miqui Otero

Todos los campos, el campo

"Todos los campos son el mismo campo", dice, con el mismo vuelo poético, o casi, que tomó Julio Cortázar para titular aquel libro con la frase 'Todos los fuegos el fuego'. Quien lo dice, por eso, no es un amigo escritor, sino mi hijo de tres años. Se le disculpa porque realmente llevamos más de un año sin pisar la montaña. De hecho, entre confinamientos y semiconfinamientos, lleva sin salir de casa prácticamente un tercio de su existencia. Si los padres ya nos calzaríamos las Quechua hasta para pasear por el césped de la Ciutadella, a él no se le puede pedir mucho más. 

Aunque sus padres y abuelos provienen de aldea, él digamos que asocia la idea de montaña a la U invertida que aparece en 'Peppa Pig'. En cuanto a la geografía catalana, cuando intenta cantar el 'hit' del mosquito geográfico de Dámaris Gelabert, lo hace pensando que son lugares inventados: «Un mosquit de l’Ametlla m’ha picat l’orella; Un mosquit de Taüll m’ha picat a l’úll; Un mosquit de Llinars m’ha picat el nas; Un mosquit de Rupit m’ha picat el dit». Lo canta como si hablara de planetas ficticios como Tralfamadore. Solo reconocemos el de Barcelona, ese que, por cierto, pica en la panxona. Así que había que arreglarlo en estos días de Semana Santa

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Gallinas que tocan el piano

Por otro lado, días antes su madre lo llevó a un pase infantil del Teatre Gaudí a ver 'Los músicos de Bremen'. Era urgente comprobar que las gallinas no tocan el piano y los burros la guitarra (aunque yo conozca a unos cuantos que lo hacen, en bandas de rock y en casa). 

Quizás ese sea el problema, porque cuando llegamos por fin al campo y podemos ver a caballos, gallinas y cabras, él solo se fija en un tipo que maneja una manguera. «Esto gusta a mí», señala. Lo hace con ingenuidad, como el bebé que recibe un regalo carísimo y se encariña solo con el papel que lo envuelve. Quizás es como Sartre, que de niño miraba sin parar esa 'Enciclopedia botánica', entusiasmado y que, cuando lo llevaron a los Jardines de Luxemburgo a ver plantas y flores de verdad… ni fu ni fa. Le parecían mucho más fantásticas las que él veía en su libro dibujadas que las reales. No lo culpo: quizás es bastante más impresionante una gallina que toca el teclado como Nacho Cano que una que pone huevos. 

Cascadas con mascarillas

Al rato, vamos a ver un 'gorg' con cascada. Cuesta llegar, con él y la bebé. Digamos que los cinco minutos a pie que marca el navegador se convierten en una mezcla entre la Ruta Quetzal y 'Apocalypse Now'. Al llegar, igualito que delante de la Pedrera o el Palau Sant Jordi, hay tres adolescentes haciéndose fotos delante de la cascada como para algún 'book' de agencia de modelos. Lo curioso es que, incluso en senderos, por no hablar de las calles del pueblo más cercano, llevan mascarilla. Esos mismos que luego no la llevaríamos bebiendo y fumando en una terraza como las del paseo de Sant Joan. La imagen de gente con mascarillas frente a una cascada me muestra la pequeñez humana como lo hicieron las gigantescas cascadas de Iguazú cuando las visité hace años. 

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Pero nada está perdido, más avanzado el día rescataremos un huevo de una gallina, que esa misma noche cocinaremos en formato tortilla. «Esta gusta más a mí», sentenciará el poeta urbano, absolutamente maravillado y familiarizado con las gallinas y los huevos (todos los huevos, el huevo) y la vida en el campo con mascarilla. No es un mal entrenamiento por si la vida en la ciudad sigue siendo tan aburrida y el futuro se pone más incierto.