Conde del asalto

Terracea que no es poco

A la una menos cuarto, los potenciales clientes ya asedian las mesas metálicas. Hay que consumir en tiempo récord. Esto podría acabar como la escena de la taberna de 'Amanece que no es poco'

Miqui Otero

Terracea que no es poco

ALEJANDRO GARCIA / EFE

A la larga lista de cosas para las que la gente hacía cola de forma resignada, de las charcuterías al Dragon Khan, de Correos al INEM, de los meaderos de los macrofestivales de música a la administración de lotería de las Ramblas en Navidad, se ha sumado otra que no habríamos imaginado (salvo si éramos habituales del barrio de Gràcia): las terrazas de bar.

A eso de la una menos cuarto, los potenciales clientes asedian las pocas mesas y sillas metálicas como mamíferos hambrientos en ese claro del bosque donde parece que hay posible comida. La gente hace cola, de forma disciplinada, incluso sonriente, para lograr sentarse y beber o comer o lo que antes conocíamos como tomar el vermut en las dos horas permitidas (una más a partir del lunes). Lo hace con paciencia británica: George Mikes, el mayor especialista en el costumbrismo inglés, siempre dice que hacer colas es uno de los grandes hobbies de su país.

Como en 'Amanece que no es poco'

La escena se parece, según vio de modo brillante la jefa de estas páginas, Ana Sánchez, a la escena de la taberna de Amanece que no es poco. Allí, la Guardia Civil organiza la cola a las puertas de la taberna del pueblo. El cabo Gutiérrez, interpretado por José Sazatornil, acompaña al primero de la cola a la barra del establecimiento. Ahí le ponen ligotazos, mientras le hablan de filosofía, hasta que tiene suficiente. “¿Estás ya borracho?”, pregunta la autoridad. “Así, así”, responde el de la boina. Le ponen otro o un par más y luego, el parroquiano sale y entra el siguiente de la cola: tome el chupito, ¿qué opina del imperativo categórico?

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Es probable que en breve crezcan hombres infelices en los parterres de la avenida Diagonal, como los hombres del bancal en la película, ya que nuestra realidad no es menos absurda, incluso cómica según el día, a pesar de ser terrible, que la del pueblo (y el mundo) creado por José Luis Cuerda.

Yo, gracias a esta nueva ventana de consumir en bar en tiempo récord, he entendido plenamente esa imagen que me perseguía de adolescente. ¿Cuándo caíste tú en la cuenta de la razón de que los guiris ingleses fueran rematadamente borrachos hacia las diez de la noche y semicomatosos a medianoche? Pues que en su país de origen bebían a toda prisa porque a las once les cerraban el pub. Como en Barcelona no se les expulsaba de la barra a esa hora, se pasaban de frenada y vomitaban poco rato después y acababan comprando sombreros mexicanos bajo los que cantaban versiones rancheras de 'Wonderwall' de Oasis.

El 'primer time' de las citas

La gente come y bebe ahora en el tiempo permitido. Incluso organiza su día alrededor de la posibilidad de quedar a esa hora. En algo más de dos horas, de una a tres y media (hasta las cuatro y media a partir del lunes), se queda para tomar el vermut, tomar el café, fumar el puro, y jincarse la copa ya pidiendo perdón por la hora, como reclamándole tiempo de descuento o prórroga al árbitro.

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Una derivada del asunto es comprobar a qué hora quieren quedar contigo tus conocidos. Salvo por la posibilidad de ir a una exposición o quedar para pasear (como en una cita decimonónica, pero con un café en vaso de cartón en la mano), el mediodía es el equivalente del 'prime time' televisivo y las 13.00 horas, su minuto de oro. Si alguien te cita a esa hora es porque eres lo suficientemente importante para él como para dedicarte el único momento del día en el que podréis brindar con vaso de cristal. Hacer cola para una mesa en una terraza puede ser, ahora, la prueba de una relación o el inicio de una bonita amistad.