Conde del asalto

2021: festival en casa

La gente, añorada de los festivales de música, anuda en su muñeca el alambre verde del Pan Bimbo a lo pulsera del FIB. Así podría ser el futuro cercano de la cultura

Miqui Otero

2021: festival en casa

Marzo de 2021 y ya no se habla de cultura segura, porque parece que la única cultura segura es la que se puede vivir en casa, como si el único sexo seguro fuera la abstinencia. 

Hace tiempo que nos acostumbramos. Somos ya como el chiste aquel sobre alguien que lleva tantos meses poniéndose gel hidroalcohólico que cuando sus dos manos se entrelazan, éstas, borrachas, exclaman: “¡Tía, vamos a montar un bar juntas!”. 

Es curioso cómo en enero del año entrante muchos medios publicaban aún las listas de los espectáculos del próximo año, porque la realidad ha acabado siendo otra. La gente, violentamente añorada de los festivales de música, coge el alambre verde del Pan Bimbo y lo anuda en su muñeca como si fuera la pulsera del FIB. Entonces, envía Whatsapps a su pareja para preguntarle: “¿Dónde estás?”. Y ella le dice: “A la derecha de la nevera, mirando a los fogones”. Lo hace con faltas ortotipográficas, como cuando tecleaba algo beoda en un festivalEdtoi mesa fe sonido, mitando scnariop. En la pizarrita de tareas sobre la encimera, han puesto un Excel como el que hacían juntos cuando no querían que se solaparan los conciertos que iban a ver, solo que ahora los grupos en la cuadrícula son “Visita CAP”, “Tirar basura”, “Compra Mercadona” (nombres como de grupo punk de los ochenta). 

'Mad Max' en el telediario

Por suerte, también se puede ir al cine, aunque para recrear mejor el ambiente de las últimas visitas a salas, la gente se pone las mascarillas para ver la película en el sofá y solo se la quita para engullir palomitas del microondas (los amantes de 'Mad Max' y demás distopías no tienen ni que suscribirse a Netflix o Filmin: basta con poner el telediario, son todo ventajas). Hay exposiciones con facturas y tíquets atrasados que se han colgado en las paredes. Ha subido la compra de hámsters y pulgas para montar espectáculos circenses. También se graban notas de voz con el típico aviso de sala “Faltan cinco minutos para que empiece la función". 

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A veces, incluso con unas ganas feroces de orinar, esperamos en el pasillo y picamos en la puerta con los nudillos, como cuando en los bares aguardabas 15 minutos para entrar al lavabo, del que finalmente salían cinco personas sorbiendo mocos y casi haciendo la conga. Dentro ya no hay nadie, pero lo hacemos por pura nostalgia (y porque cuando por fin entras, la micción da aún más gustito). A veces, incluso, esperamos con un vaso de cerveza desbravada en la mano, que bebemos de pie pensando en los viejos tiempos.

Vestidos vamos ya bien, siempre en chándal, con 'look' de rave. Incluso hemos rescatado aquellas riñoneras de Streetball y Caja Rural para meter dentro cajas de Ibuprofeno y Enantyum. 

Nos falta, lo único, conocer a extraños. Pero a veces nos pasamos días sin hablar con nuestra pareja y, cuando volvemos a hacerlo: ¡el reencuentro tiene el sabor de conocer por fin a una persona muy especial de la que no sabías nada! Por supuesto, si llega un repartidor del súper a la puerta, lo hacemos pasar y le pedimos por favor compartir baño para simular una conversación casual (¿Tú más de Blur o de Oasis?) mientras nos lavamos las manos y él hace aguas menores.

También leemos, claro, aunque no es lo mismo: porque leemos ahora exactamente igual como lo hacíamos antes: en el sofá, metidos de lleno en otras vidas. Esto no ha cambiado. Aunque ahora lo necesitamos todavía más.