Conde del asalto

No salgas de casa

El coche nos ha dejado tirados. Es curioso cómo una pequeña cosa puede detener el mundo y la vida. No sé a qué me recuerda

Miqui Otero

No salgas de casa

El coche nos ha dejado tirados en el mirador de una montaña y yo como caramelos Ricola sabor Limón Melisa para matar el hambre. Es curioso cómo, en momentos así, no me cisco en nadie conocido ni en el Altísimo, sino en un matemático del siglo XVII. Ese que dijo algo que pienso justo ahora y que sirve como consejo para todo este año que acaba: “Todo lo malo nos sucede por no sabernos estar quietecitos en casa” (cito de memoria). 

La culpa, en realidad, es mía por no fijarme en las señales. Esta mañana me he comportado como Julio César, que despertó aquel día con resaca, al que avisaron (los sueños, la mujer, los idus, un ciego por la calle) de que mejor no fuera al Senado y no hizo caso, el muy tozudo, así que acabó más agujereado por los puñales que un queso Emmental con toga. 

A mí me ha avisado el viento: cuando he ido a recoger el coche en casa de mis padres para “una escapada al campo” antes de acabar el año, los árboles cabeceaban, las señales de tráfico se inclinaban como bordando aquel paso de baile de Michael Jackson en 'Smooth Criminaly una caja de Amazon voladora casi me vuela la cabeza. También lo ha hecho mi madre, claro, pero es que las madres son como los oráculos: siempre avisan de lo malo, así que a veces aciertan. 

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El caso es que, ajeno a los síntomas del día, cojo el coche automático (o híbrido) de mis padres con un jamón (regalo de Papá Noel) en el maletero y me dirijo a mi casa a recoger a los míos. Mientras mi señora monta sillas y enrola a bebés yo subo el jamón (otra señal: lo hago por las escaleras, el ascensor está estropeado). No borréis de vuestra memoria este jamón, porque yo, más adelante, no lo haré. Me calzo unas chirucas porque hemos decidido ir al campo, hoy, después de un año que hemos pasado casi íntegro en la ciudad. Un buen barcelonés se calza chirucas (en realidad, botas Quechua, que son más baratas) hasta para pisar un parterre de la Ciutadella o para ir a la Zona Alta (en la Bonanova me pongo hasta el forro polar). Así que aquí estoy, pisando el acelerador con mi chiruca que pretende pisar una cordillera al lado de Premià (ir con chirucas a Premià, aunque sea Premià de Dalt, merece o un premio o una colleja) para ver caballos y ponis

Más listo que un coche de Pixar

Aparcamos y cierro la puerta y bajo a niños con satisfacción de padre de familia solvente como un central veterano, fiable como un seguro a terceros. Pero justo entonces todo se tuerce. El viento idiota sopla más fuerte y yo intento cerrar el coche con ese mando a distancia que siguen insistiendo en llamar llave de coche. No cierra. Vuelvo a intentarlo. Nada. Me voy detrás de unos pinos (aprovecho para hacer aguas menores, soy de Barcelona) para que el coche no note el sensor de la llave. Nada. Un rato después, damos por perdida la cuestión. Nos vamos a casa. Ya. El coche no enciende. 

Hemos traído un 'tupper' de comida para el nene y la bebé aún es lactante. Mis apellidos a salvo: al menos dos personas no morirán de hambre en Premià de Dalt. Intento cerrar el coche con la llave normal que he logrado desbloquear del mando a distancia. El coche, más listo que un coche de Pixar, cree que estoy intentando robarlo (“¡No robaría a mi propio padre, cuatrorruedas!”, quiero gritarle), así que pone los 'warnings', bloquea todas las puertas menos la mía y empieza a hacer sonar el cláxon como si estuviera en una verbena. Ahí sabemos que tendrá que venir la grúa. Que pasarán horas. Tenemos hambre. Pienso (por este orden) en el jamón de Papá Noel y en el matemático francés. Mientras esperamos el rescate, chupamos caramelos Ricola sabor Limón Melisa que he comprado esta mañana: Dios aprieta pero no ahoga. Lo hacemos como Christopher y Pauli en ese capítulo de 'Los Soprano': también se quedan tirados en la montaña y acaban peleándose por un sobrecito de ketchup que encuentran en algún sitio de la tapicería. 

'La cabalgata de las Valkirias' con dos grúas

“¡Mira, como en La patrulla canina!”, intentamos animar al nene, como si esto fuera 'La vida es bella'. No parece convencido. Si esto es un episodio de 'La patrulla canina' (también conocida como 'guauguaus') lo ha dirigido un cineasta iraní: así de lento es el rescate. Llegan bajo un cielo malva y mandarina (en mi cabeza suena 'La cabalgata de las Valkirias', la de Wagner, la única que veremos este año) dos grúas y un taxi, de chófer encorbatado.

Al final, todo ha sido por culpa de la llave. Es decir, el coche se ha bloqueado y nos ha negado la vuelta a casa por una maldita llave automática. Es curioso cómo una pequeña cosa puede detener el mundo y la vida. No sé a qué me recuerda, pienso, en este penúltimo día de este año 2020.