CONDE DEL ASALTO

El primer trago de cerveza

En una cerveza encuentra uno las fases de la vida. Desde el frescor del principio hasta que no te queda gas

Miqui Otero

El primer trago de cerveza

Han pasado demasiadas semanas sin bares ni cafeterías ni restaurantes abiertos.

Algunos, claro, ya empezábamos a hacer cosas raras. Yo, por ejemplo, servía el café en casa en las tacitas de Sargadelos y le preguntaba a mi mujer: ¿azúcar o sacarina?, aunque sé de sobras que lo toma con azúcar (solo me faltaba caminar por el piso con la bayeta colgada del antebrazo derecho). No soy el único: le leí al escritor Álvaro Colomer que hace un par de semanas le pidió a su pareja, por mera nostalgia de bares, que le sirviera una cerveza bien fría. Cuando se la puso delante, añadió: ¿Cuánto te debo? Hasta echar mano del monedero, hemos llegado a echar en falta. 

Han sido semanas de pasar por delante de los bares favoritos, con sus sillas encima de mesas, como comedores escolares de colegios abandonados, y echar en falta no ya las grandes fiestas o los brindis solemnes, sino los momentos más aparentemente triviales: el café después de dejar al niño en la escuela, el cruasán después de comprar prensa, esa caña caprichosa de un miércoles al caer la tarde después de tirar la basura.

Pequeños placeres de la vida

Como todo lo que hemos vivido, incluso lo que hemos sentido, está en algún libro, pensaba estos días dónde se había explicado esta fascinación. Se trata de un librito de Philippe Delerm titulado 'El primer trago de cerveza (y otros pequeños placeres de la vida)'. Son pequeños textos sobre conducir de noche por una autopista, sobre leer en la playa (todas las posturas con las que nos vamos acomodando bizqueando por el sol y con el siseo del mar de fondo), sobre el olor del cruasán (que es el olor de fin de semana tranquilo) o, claro, el primer sorbo de cerveza. Según el autor: “Es el único que vale la pena. Los siguientes cada vez más largos, más anodinos, solo te dejan una sensación de pastosidad tibia, de abundancia despilfarradora”. 

De que es el mejor sorbo no hay duda. Que sea el único bueno sí sería discutible. Lo que sí tengo claro es que en una cerveza encuentra uno las fases de la vida. La curiosidad, el impulso y el frescor del principio, cuando tienes una vida (o una caña) entera por delante. Es el mejor por ser el más bueno, el más frío y con regalo de espuma, sino también por ser el primero. Luego avanzamos por el ecuador, en el que uno se olvida incluso de que está viviendo o tomando una cerveza. Y los últimos, cuando no solo te hueles que te estás acabando, sino que, además, suelen estar más calientes y con menos gas. Lo bueno de una cerveza, a diferencia de la vida, es que puedes pedir otra.

El ritual, el brindis, la charla

La reapertura de los bares cayó en lunes, de modo que un lunes cualquiera parecía la noche de fin de año, con terrazas llenas de gente dando el primer trago de cerveza en público durante mucho tiempo. ¿Echaban en falta esa cerveza, o ese café? No, de lo que tenían ganas es del ritual, del brindis, de la charla, de esa alegría contenida y ese bienestar que da la conversación aderezada con el zumo de cebada. De lo que tenían ganas, de lo que teníamos ganas, como intuía Colomer en su chiste conyugal, era de pagar por esa cerveza para disfrutarla. Y si teníamos ganas de pagar los clientes, imagínense de cobrar todos esos bares familiares que habían permanecido cerrados, o sirviendo a domicilio, como si nuestras ciudades y vidas se hubieran convertido en anuncios de Glovo o penúltimos tragos.