CONDE DEL ASALTO

La nueva vida del parque

Cerrados los bares, los cines, los conciertos, reducido el aforo de las galerías, todos hemos vuelto algo a regañadientes al parque. Y ni es Central ni Hyde Park. Ni siquiera el Retiro

Miqui Otero

La nueva vida del parque

Manu Mitru

¿Te acuerdas cuando quedábamos en los parques? Sí, ayer mismo. 

Cerrados los bares, los cines, los conciertos, reducido el aforo de las galerías, todos hemos vuelto algo a regañadientes a la vida en el parque. A cuando no quedábamos por teléfono (porque no existían los móviles o aún eran de primera generación), pero bajábamos al parque y nos encontrábamos a los de siempre y matábamos el tiempo algo muertos de aburrimiento.

En una ciudad como Barcelona, con un déficit de verde alarmante comparado con otras grandes ciudades, quedar en el parque no es como hacerlo en Central o Hyde Park, ni siquiera como hacerlo en el Retiro. La imagen es más bien otra, algo menos fotogénica. Es quedar en parques de charco y tobogán, cemento y algo de arena, de esos que son el lugar de los niños hasta media tarde, de los adolescentes desde ahí hasta la cena y de otros animales nocturnos a partir de esa hora. 

Todas estas capas demográficas quedan ahora superpuestas, ya que poco más hay que hacer que bajar al parque. Esos lugares que en el terreno de las aves serían esas palomas de ciudad que cojean, comen restos de pan, zurean como para dar miedo sin lograrlo y cuya existencia es similar a la de su color de su plumaje (y a la de un ejecutivo nipón): gris.

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Decía, pues, que la vida en los parques ya no se estratifica en capas de edad, sino que en ellos coinciden todas a la vez. Sin duda, 2020 es la siguiente imagen: parque de columpio de llanta de coche y tobogán sucio, ya es de noche a las seis de la tarde, y se reúnen varias generaciones en bancos que numeraremos por colectivos.

Banco 1: siempre seis adolescentes de los de Churruca, litro de Granini, lata de cerveza y cigarrillo de la risa (también conocido como 'peti'). Hablan, incluso ríen, con labios cuarteados por la sal de las pipas y bocas abiertas porque, pese a todo, la vida queda por delante. Son, aun tímidos, los animadores del paisaje. 

Banco 2: padres intentando cansar a sus hijos a contrarreloj antes de la cena para, si se duermen en hora, poder poner una serie o una película. A veces los nenes interactúan con Banco 1, dándose situaciones de aprendizaje curiosas (vuelven cantando versos que mentan partes anatómicas aún por descubrir).

Banco 3: pareja de yayos con perro con correa en una mano y bolsa de Mercadona en la otra, con esa placidez melancólica de quien ya ha hecho la faena. 

Primeros besos

Todos, y este fenómeno transversal de la música no sucedía desde Raphael en Nochevieja o 'Operación Triunfo 1', tararean la misma canción: el nuevo 'hit' de C Tangana que Banco 1 pone en sus móviles (a veces con altavoz) en bucle durante los últimos días y que han aprendido de memoria, incluso les gusta, a base de ir al parque cada tarde. 

La idea de un abuelo con bolsa de plástico tarareando “De punta en blanco para tu fiesta / Ya he pasado tres días con la misma ropa puesta”, no suena a 'afters' eternos y vida loca, sino a tristeza y pocas ganas de cambiarse. Y “Loco por ti, perdiendo apuestas” en boca de un padre de mediana edad remite a paternidad algo disoluta y a potencial intervención de servicios sociales.

Y, aun así, nenes corriendo en plumón rojo, adolescentes dándose los primeros besos con lengua, abuelos tarareando a C Tangana, todo tiene algo de bonito si uno se esfuerza en verlo. De momento no hay más y esperemos que no haya aún menos.