CONDE DEL ASALTO

Dumbo en Barcelona

Con los asistentes al zoo embozados con mascarilla y la amenaza de confinarse en jaulas de nuevo, ahora los animales piensan: "Pobre peña"

Miqui Otero

Dumbo en Barcelona

JOAN CORTADELLAS

Era mirar a Copito de Nieve y tener certeza que era él quien nos miraba a nosotros como si fuéramos los raros. 

Eso es un zoo. En realidad, los animales deben observarnos a nosotros con un extrañamiento similar al de ese cuento de Cortázar en el que le regalan a uno un reloj, pero en realidad el regalado es el que deberá usar ese reloj (y vivir sometido a sus tiempos). 

Evidentemente, esa intuición se hace ya impepinable en tiempos como los actuales, con los asistentes al zoo embozados con mascarilla y con la amenaza de confinarse en jaulas de nuevo. Los animales nos escrutan y piensan, estoy seguro: “Pobre peña”. 

De los muchos planes que se podían disfrutar en una ciudad, el zoo es de los pocos que resisten en estos tiempos. Así que la cola en la puerta es larga como un ciempiés atómico. Siguen rondando por ahí los tataranietos de los pavos reales que un día vimos de niños para que ahora los vean los nuestros. Siguen ahí los pingüinos buceadores (y ese troquelado donde te puedes medir para adivinar si eres más alto que ellos). Hasta ese rinoceronte llamado Pedro, que seguramente sea el culpable de que niños que no saben ni decir patata formulen la palabra rinoceronte. Sigue, en definitiva, todo idéntico, salvo por Copito, convertido ahora en peluches que se venden a la salida. 

Un historial complicado

Pero son los tres elefantes africanos los que nos llaman la atención este domingo. Mi hijo lleva una sudadera de Dumbo, así que esto es un poco como si yo conociera a los Rolling Stones con una camiseta del último 'tour' de los Rolling Stones. Seguramente no querría hacerlo, porque uno ha aprendido que a menudo es mejor no conocer a tus ídolos, pero él insiste en hacerlo. 

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Ahí están, lejos pero cerca, Susi, Yoyo y Bully. Los une el desprecio pasado, cada una de estas hembras elefante arrastran un historial complicado. Por ejemplo, si no sabes nada, parece graciosísima Yoyo, que puede estar media hora diciendo que sí constantemente con la mirada fija en el suelo, como un tímido en un concierto de los Ramones, como alguien escuchando hablar en público a alguien que quiere. En realidad, ese cabeceo tiene un nombre clínico, esterotipias, y es fruto de vivir gran parte de su vida encadenada, con unos movimientos muy limitados que solo le permitían mover la cabeza asintiendo o negando, arriba y abajo, derecha e izquierda. 

Plantas de papel

Pese a ese pasado, o a la vida en un circo, aquí mi hijo disfruta viéndo cómo dirigen con la trompa la hierba para tirársela a lo loco por encima de la cabeza (como él hacía con el Danonino hace escasísimo tiempo). Hay una anécdota preciosa de Sartre: cuando era un niño, por lo visto se pasaba días y días mirando una enciclopedia Larousse ilustrada. Se sabía los nombres de las plantas y las flores y pasaba páginas pensando que eso era lo más bonito que se podía imaginar. Un día sus padres decidieron llevarlo a los Jardines Luxemburgo para que, al fin, viera esas plantas y esas flores en la vida real. “Menuda mierda” (no cito literalmente), dijo por lo visto el Sartre niño. Era todo, en su opinión, más bonito en el papel, del mismo modo que los personajes de las novelas suelen ser mejores que las personas en la vida. No es el caso, Susi, Yoyo y Bully, incluso aunque nos miren como si nosotros fuéramos las bestias encerradas, son bastante más entrañables que Dumbo y tanto el retaco que tengo a hombros como yo lo pensamos.