la trastienda

La nueva vida del guateado

La chaqueta acolchada Husky, 'dress code' de la cacería y el ocio de clase alta, se escora hacia nuevos significado

Núria Marrón

A la izquierda, un modelo en la Fashion Week de Milan. A la derecha, la reina Isabel II en Escocia.

A la izquierda, un modelo en la Fashion Week de Milan. A la derecha, la reina Isabel II en Escocia. / GETTY IMAGES

¿Qué tienen en común la reina Isabel II cuando sale a cazar faisanes por la inclemente Escocia, los permisos penitenciarios de Rodrigo Rato y las señoras del barrio de Salamanca para quienes los diminutivos y la melena rubia son una forma de vida?

Pues en la confluencia mental entre el castillo de Balmoral, el párking de Soto del Real y la Milla de Oro madrileña se encuentra ese rombo guateado o acolchado -verde o azul en su forma clásica- que entre las clases altas resuena a montería, ocio 'college' y club ecuestre, y que en las últimas temporadas están declinando desde Zara y  marcas 'bien' de toda la vida como Burberry, hasta el lujo chandalero de Vetements.

A pesar de que a la mayoría el acolchado nos remite a aquellas batas de boatiné setenteras que parecían salidas de una fantasía  LSD, cabe decir que el lujo y el guateado son buenos compañeros de cama desde siglos antes de que el aviador estadounidense Steven Guylas -un enamorado de la caza del zorro y otros pasatiempos sanguinarios de la nobleza- se mudara a Inglaterra e inventara en 1965 el chaleco / chaqueta Husky. Una prenda que en tiempo récord se convirtió en clásico del 'dress code' pijo-ganadero-cazador y que, por ejemplo, la reina conjunta en su retiro escocés con el pañuelo Hermès anudado al cuello, las botas de agua, el Range Rover y el 'porridge' con té.

Así, mucho antes que eso, el tejido acolchado ya había sido un complemento más en los salones de Versalles de los siglos XVII y XVIII junto a los pelucones, los tacones unisex y las heces y orines que regaban los rincones. Luego, en el  XIX, se exotizó cuando Japón exportó las batas guateadas de seda, y ya en el XX Coco Chanel, siempre dispuesta a convertir en 'ponible' cualquier elemento deportivo masculino que oliera a clase -y convendrán que la hípica olía un rato-,  transmutó el acolchado de las sillas de montar  en el guateado romboide del bolso más famoso de la historia, el 2.55.

Así que ahora no cabe más que celebrar el tropel de hijas ilegítimas que le están saliendo a la 'pitita' Husky. Porque, al fin y al cabo, incluso la prenda fetiche de las cacerías reales -esa batalla del Somme para faisanes y ciervos rojos- bien merece una segunda vida.
 

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