CONDE DEL ASALTO

El barbero de los Beatles

Este barbero de toda la vida charla con los clientes de música, libros y vida. Luego cuelga en su Instagram una breve crónica sobre sus mejores encuentros

Miqui Otero

Juan Miguel charla con un cliente.

Juan Miguel charla con un cliente. / Instagram

Solo debería estar permitido ser pelota en dos situaciones: en una sala de operaciones y en el barbero. Al fin y al cabo, pocas veces se pone uno en manos de alguien que maneja un arma blanca a tus espaldas.

Y, sin embargo, qué alivio cuando uno no tiene que ser zalamero, porque realmente ha encontrado a un barbero que merece los elogios. 

Como sucede con el bingo y con las citas a ciegas, uno sabe cómo entra pero no cómo sale de un barbero. Eufórico cantando como Fígaro o trasquilado como un chucho empapado. Sobre todo la primera vez. 

Encontrar a tu nuevo barbero no es fácil y a mí me acaba de suceder. Garrigós, un colega, me habló de un barbero de toda la vida que charlaba con los clientes de música y libros y vida. Y que luego colgaba en su Instagram una breve crónica sobre sus mejores encuentros. Una especie de ‘hall of fame’ piloso. Me decidí a probar, envuelto por la promesa de un profesional sólido, con cierta veteranía, pero a la vez raro, en el mejor de los sentidos. 

Tijeretazos a evitar

Hay razones para valorar esos dos factores. Del primero, Benjamin Franklin, que sale siempre muy bien afeitadito en los billetes de 100 dólares, decía que no hay que fiarse de los doctores jóvenes y de los barberos viejos. Disiento: en Barcelona, lo evitable son los tijeretazos de púberes con tatus hasta en el cuello y peinado CR7 que operan en antros con neones con absurdas frases motivacionales en inglés y con tan altas tarifas que uno diría que su insulsa charleta se cobra a la palabra, como un telegrama transoceánico. De lo segundo, quedan poquísimos momentos en que la gente no pueda ni siquiera mirar el móvil y se vea empujada a hablar, así que es verdaderamente importante dar con alguien de verbo brioso. 

La barbería de Juan Miguel está a tiro de piedra de Hacienda, en Letamendi, otro lugar en el que sabes cómo entras pero no cómo sales. En la puerta, el poste tricolor, esa diana de la RAF desplegada, y, nada más entrar, una cubierta de tebeo enmarcada, donde Rompetechos intenta podar un cactus. 

Antes del primer tijeretazo, suena ‘What is life’, de George Harrison, Juan Miguel ha pulsado el ‘play’ de la charla. Nieto e hijo de barberos, con 42 años de profesión, así que muy lejos de ser viejo sí es plenamente veterano. El primer ‘single’ que le regalaron fue el ‘Let it be’ y el primero que compró, ‘Come together’ (al lado de ‘aftershaves’ y brochas, la biografía del peluquero de los Beatles). Le gusta Sempé y aprendió a tocar la guitarra tarde, a los cuarenta y pico, pero ahora tiene dos grupos. Antes ensayaban en un local de Poblenou, que le parecía inmundo. “Una vez se lo dije a una chica que cargaba un bajo en el ascensor y me dijo: ‘No está sucio, es ‘underground’”. Algunos coches aparcados también son muy ‘underground’, claro: “Lávalo, ‘underground’” (escrito con el dedo sobre el polvo del capó). Uno puede ser de todo, tener cualquier opinión, menos comulgar con Goebbels y ser fan de la Elèctrica Dharma. Risas.

Y así caen los mechones y parece que dos gatos pardos se hayan arremolinado a los pies de mi butaca. Recuerdo que en un documental sobre Paul Weller, uno de mis músicos favoritos, una de las primeras cosas que hace es enseñarle al reportero su barbero de confianza. Quizás algún día, si a alguien le interesa, yo haga lo mismo. Eso sí, en dos tijeretazos y tres anécdotas él, con toda justicia, se convertiría en el protagonista.