MODA

La caja negra de la capucha

Pocas prendas tienen tanta carga social y racial como la sudadera con capucha. Un museo de Rotterdam explica por qué

Núria Marrón

A la izquierda, un modelo de Vetements, que ha convertido en fetiche la sudadera. A la derecha, el rapero Jay-Z.

A la izquierda, un modelo de Vetements, que ha convertido en fetiche la sudadera. A la derecha, el rapero Jay-Z.

La sudadera con capucha se ha convertido en el gran pararrayos en el que descargan estigmas, privilegios y tensiones con una potencia inaudita incluso en un universo a menudo tan intenso como la moda. Al fin y al cabo, sería difícil encontrar otra prenda en la que coincidan los ‘aldeanos globales’ del hip hop; los capitanes de Silicon Valley; los chavales tras los contenedores en llamas; las celebridades abonadas al lujo callejero; y víctimas de la violencia racial como Trayvon Martin, aquel afroamericano de 17 años desarmado que fue tiroteado en el 2012 por un vigilante que fue exculpado y que había llamado al 911 diciendo que acababa de disparar a un chico que llevaba “una sudadera con capucha oscura”.

Como recordaréis, aquel homicidio desencadenó una crisis racial en EEUU que convirtió la capucha en símbolo de protestas y disturbios. De hecho, el enjambre de significados que anida en la prenda es tal que el Het Nieuwe Institut de Rotterdam, centro de arquitectura, diseño y cultura digital, explora ahora en una exposición la “carga sociopolítica” de esta piedra base de la cultura juvenil que empezó a ser usada en los años 30 por boxeadores y jugadores de fútbol americano que calentaban en la banda, y por operarios al aire libre que con ellas aliviaban el frío en la nuca.

Carátula del documental sobre Trayvon Martin, el chaval de 17 años que fue tiroteado.

En EEUU, sin embargo, la sudadera con capucha no justificó el suficiente pedigrí callejero para ganarse el apodo de ‘hoodie’, como se la conoce, hasta que fue adoptada por la tropa de B-Boys, grafiteros, ‘breakdancers’ y ‘skaters’ de los suburbios de las décadas de los 80 y 90, que la elevaron a elemento identitario y que han acabado haciendo de la ropa deportiva el ‘american tuxedo’ de nuestros días. 

Sin embargo, las ‘hoodies’ siguen emitiendo potentes señales de clase y raza. No es lo mismo que la lleven los aristócratas tecnológicos (que empezaron a usarla como desafío y orgullo juvenil y la han convertido en un disfraz de poder) que la chavalada de las comunidades negras vulnerables, sobre cuyas capuchas -a menudo presentes en las fichas policiales- pesan estereotipos de supuesta criminalidad que, como apunta la comisaria de la muestra holandesa, Lou Stoppard, aún podrían recrudecerse en “una sociedad de la vigilancia en la que desear la privacidad y el anonimato supone una afrenta y algo sospechoso en sí mismo”. Así, como apunta el periodista Troy Patterson, la cuestión final sería: “¿Quién disfruta del derecho a usarlas sin que le suponga un desafío?”.

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