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CONDE DEL ASALTO

¡Rápido, desnúdate!

Tomarse una cerveza y lavar los trapos sucios en público ya es posible en algunos de los locales híbridos que proliferan en Barcelona

Miqui Otero

LaBar, el ’Laundry Bar’ de Barcelona.

LaBar, el ’Laundry Bar’ de Barcelona.

Ahora que unos pocos sitios venden de todo, me da por pensar en aquellos negocios que se conformaban vendiendo una o dos cosas. En un mundo demasiado veloz, pienso en los Rápido

Los Rápido son esos pequeños comercios que ofrecen dos cosas: llaves nuevas y remiendo de zapatos viejos. Es decir, todo lo necesario para entrar en una casa y también para salir de ella. Los derechos fundamentales: un techo y suelas para dirigirte hacia el futuro. Cuando Nina Simone canta sobre todo aquello de lo que carece, empieza la lista con el dinero, pero lo siguiente que nombra son los zapatos. El día que desaparezcan los Rápido, siempre con esa especie de bota humanizada, de Clotilde sonriente, en sus letreros, este mundo será un poco más inhabitable. Cuando llegue la hora final en que el DNI se haga en Amazon y el anillo de bodas se compre en un bazar chino y Zara venda pollo al curri (Muji ya lo hace) y los ataúdes se ofrezcan en Ikea, lloraremos a este tipo de negocios. Pero siempre que parece que van a desaparecer, reaparece una crisis económica que augura mudanzas a zulos más pequeños y parches a suelas de zapatos ancianos. 

Animales mitológicos

Los Rápido son como esos animales mitológicos que mezclan lo mejor de una bestia y de otra. Hay hipogrifos y centauros y, por suerte, aún hay Rápidos. Pero no son los únicos. Ayer veía una preciosa fotografía de una churrería en Badajoz que también vende libros. Y en la aldea de mi madre hay un comercio que ofrece únicamente los dos grandes combustibles necesarios para una vida confortable y plena: bombonas de butano y orujo de hierbas casero. 

En Barcelona, sin embargo, empiezan a proliferar los neo-Rápidos, descendientes de esos animales mitológicos. Hay barberías que son, a la vez, academias de boxeo. Hay, es evidente, muchas librerías donde se bebe cerveza. Pero uno de los más extraños es este, en el que hoy escribo estas líneas: una lavandería-bar hípster. Un local de imitación de baldosa hidráulica, refresco de Cola de importación y patatas ‘chips’ con sal marina. Ingeniosos en la carta, pero también en el nombre, que juro no he inventado: LaBar

Un tanga y una camiseta del Manchester City

Una pareja, a medio metro de la barra, está sacando de una de las lavadoras su colada. He podido ver un tanga, una camiseta del Manchester City y unos calzoncillos de Doraemon con la goma cedida. Esto es lo más parecido a ver ‘Gran hermano’, la casa en directo, pero a dos palmos y de verdad. La expresión “lavar los trapos sucios en público” adquiere un significado pleno ante los otros clientes, que libamos nuestras cervezas mientras no podemos evitar sacar el ojo de la intimidad de la pareja.

- Coge la sábana por las puntas, inútil.

- Y tú estírala, que queda arrugada. Como tú.

Se encadenan reproches. Se echan en cara que él no va nunca a las comidas familiares de los suegros en domingo. Todo puede acabar mal. Pueden aparecer en cualquier momento unas bragas desconocidas o la tarjeta húmeda y borrosa de un hotel clandestino. Aunque los clientes ansiamos una posible reconciliación: estaríamos encantados de cederles nuestras sillas (hay incluso un sofá) para que la consumaran entre arrumacos y jadeos. Discúlpate, chico, o necesitarás una copia de otras llaves cuando debas mudarte. ¡Rápido, arregladlo! 

Lamento preservar qué sucedió con esta pareja porque en estas épocas de airear la intimidad, también la nuestra en nuestras columnas autobiográficas, uno debe ponerse algún límite.