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CONDE DEL ASALTO

Bar Celona

Una buena forma de descubrir la ciudad es hacer un tour literario por los bares donde nuestros escritores se dejaron los hígados y los derechos de autor

Miqui Otero

Bar Celona

Como los escritores suelen ser humanos con mucha sed, parece lógico pensar que una buena forma de descubrir una ciudad es pasearse por los bares donde se dejaron los hígados y los derechos de autor. 

«Soy un bebedor con problemas de escritura», dijo Brendan Behan, una de las figuras más controvertidas y celebradas de las letras irlandesas. Muchos de sus compatriotas literatos tenían aún más sed que los del resto de países. Y, de hecho, en las primeras páginas del Ulises de Joyce, que va del deambule de un par de personajes (especialmente uno de ellos) durante un día, ya se incide en que es imposible cruzar Dublín sin encontrar un pub.

Aunque la frase de la península ibérica es que durante un tiempo se podía atravesar de árbol en árbol, mal de bares tampoco vamos y nuestros autores tampoco son precisamente muy del té con una nube de leche como bebida favorita. Pensaba en ello el pasado fin de semana durante un tour literario por los pubs de la capital irlandesa. Dos actores hablaban de la relación entre etilismo y letras, mientras pisábamos los adoquines de las calles (los del Trinity College, por ejemplo, de donde echaron a Oscar Wilde por «mediocre») y nos acodábamos en barras de madera noble. Explicaban anécdotas literarias de obras firmadas por escritores irlandeses. La idea de Esperando a Godot, por ejemplo, le podría haber venido a Beckett cuando fue a ver el Tour de Francia, el pelotón ya había pasado y vio a unos tipos que no se movían de cierta curva (le dijeron que estaban esperando al que siempre llegaba último, un tal Godot). O esa otra, de cuando Joyce se tomó por una vez en serio lo de pagar el alquiler, porque un compañero de vivienda aquejado de malaria había confundido el hogar de la casa con una pantera y se había liado a tiros en la habitación del autor de Dublineses.

 Íbamos parando en pubs antiguos, confortables como castillos, y rememorando anécdotas (¿qué beatle colaboró con Beckett?), mientras yo pensaba en la posibilidad de una ruta turística similar en Barcelona. Estaría menos concentrada que esta, que discurría por las calles de Temple bar, una suerte de Barrio Sésamo etílico. Podría subir al Delicias para hablar de la Teresa de Marsé y luego en bus llegar a la Bodega monumental que aparece en La plaça del Diamant (en realidad tenía un nombre similar, pero estaba en otro sitio), para acabar en uno de los muchos bares de Sant Antoni mencionados en novelas de los últimos 30 años. 

Despedidas de soltero literarias

Me vi, por un momento, logrando que despedidas de soltero y soltera, de esas en las que los novios se disfrazan de unicornio con falos hinchables en la cabeza, se interesaran genuinamente por las letras barcelonesas a cambio de la promesa de quintos helados. Sería difícil, en Barcelona, pues cada vez quedan menos bares con más edad que Ansu Fati. Las tapas de los gallegos, decía el nuevo Carvalho de Zanón, solo sobreviven en bares regentados por chinos y los que no lo son suelen pertenecer a nuevas cadenas de franquicias. Pero la literatura es fábula, así que podríamos decirles a los guiris que Sagarra inventó su Vida privada en este precioso 365 esquinero y que Joan Perucho se solía inspirar con los efluvios de la ratafía que sirven en este Enrique Tomás. Cualquier mentira sería justa al servicio de descubrirles nuestras novelas. Tengo hasta el título de la ruta: «Bar Celona».