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CONDE DEL ASALTO

Nene, vamos al VAR

La introducción del videoarbitraje en el mundo paternofilial ahorraría a los progenitores unos cuantos quebraderos de cabeza

Miqui Otero

El VAR, en su debut del Mundial de Rusia. 

El VAR, en su debut del Mundial de Rusia.  / THEMBA HADEBE (AP)

Ser padre en Barcelona es hacer abdominales recogiendo piezas de Moltó y peluches de Peppa Pig, alimentarte de tercios de plátano desechados y de rebañamientos de Danoninos, cargar el niño con un brazo para enarbolar la moto de plástico con el otro a modo de escudo y así frenar el impacto de patinetes eléctricos, aprender a construir un juego en parques infantiles pequeños como una habitación de hotel en Tokio y con la densidad del metro en la estación de Shinjuku. De esa dieta y rutina, salen padres con barriga pero portentosos bíceps y con una concentración casi paranoica. Pero ser padre en Barcelona es, sobre todo, no abandonar la costumbre de ir al bar, pero desear poder pedir un VAR para resolver disputas infantiles.

Parece que no somos los únicos. Hace unos días los amantes del boxeo han pensado como nosotros. La razón fue un combate por el campeonato de peso mosca, entre Julio César Martínez y Charlie Edwards, tan polémico que muchos han hablado de la necesidad de usar un VAR para evitar líos tan mayúsculos.

El videoarbitraje, o VAR, se consolidó en el Mundial de Rusia, que será recordado por los malos chistes que se hicieron durante cada partido, en una afición, la del fútbol, en la que la frase "vamos al bar" significaba otra cosa.

Tras un agosto con el niño en que no se ha parado de hablar del fichaje de Neymar Jr por el Barça (algo así como pedirle a Figo el pregón de la Mercè o a Rodrigo Rato que gestione el bote común de unos amigos que se van de copas por el Raval) y en el que he presenciado muchas conversaciones sobre hoteles donde se prohíbe la entrada de los más pequeños, he pensado más que nunca en la necesidad de aplicar esa tecnología en el mundo paternofilial.

El otro Neymar 

A mi hijo de dos años lo llamamos cariñosamente Neymar cuando finge un lloro o se tira al suelo llevándose la mano a la espinilla cada vez que siente un mínimo contacto en el parque cuando otro niño le ha disputado el balón o el peluche. Un día vinieron unos amigos con sus hijos a casa, y decidimos ponerlos a bailar, como en un videoclip. A los siete segundos de canción (y la canción era El pito, de Joe Cuba Sextet), vimos a nuestro Neymar, a nuestro Leaozinho, que diría Caetano Veloso, llorando en el suelo. El visionado del vídeo en el móvil nos mostró que no había habido contacto alguno y pudimos resolver justamente la situación.

Restaurante con piscina de bolas 

En Barcelona no hay mucho parque público amplio, tal y como explicaba la compañera Helena López Vallejo en un reportaje de este diario, y, sin embargo, cada vez hay más oferta privada de ocio enfocada a los niños. Vivimos en una ciudad donde se disputa más el metro cuadrado de parque que el de una playa en Benidorm, pero donde El Pot Petit tienen más tirón que Bruce Springsteen. Hay, incluso, un restaurante en la calle de Nápols con un reservado que es un parque infantil con piscina de bolas.

Los padres pueden degustar su fideuà mientras los niños juegan, pero es que además cuelgan de sus paredes televisores donde ir mirando qué hacen las criaturas. Le proponía a mi amigo que solo faltaba ponerles petos y dorsales para identificar las jugadas más dudosas. Y poderle pedir al camarero la repetición de algunas jugadas. Escribió Santiago Alba Rico en su Leer con niños: "¿Para qué sirven los niños? Para cuidarlos". El bar con VAR nos sería muy útil para conseguirlo.