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CIUDAD ON

Haz una escultura durante la cena

Lo llaman 'mealsurfing'. Lo habitual ahora es ir a cenar con desconocidos. Eatwith ofrece «experiencias culinarias» hasta en talleres de artistas. De aquí han salido amistades, trabajos e incluso matrimonios

Ana Sánchez

Pablo Bruera ejerce de anfitrión en su taller de escultura del Poblenou.  

Pablo Bruera ejerce de anfitrión en su taller de escultura del Poblenou.   / FERRAN NADEU

Te garantizan que terminarás la cena echando chispas, como si estuvieras en Gran hermano. Pero estas son chispas de las de verdad. «Tomad vino –anima el anfitrión–, que luego tendréis que cortar metal». El menú incluye soldar acero antes del postre.

Pablo Bruera, el anfitrión, tiene el bigote señalando a las 10 y 10, a lo Dalí, perilla quijotiana, pajarita, dedos curtidos. «Yo soy escultor de martillo y radial», sonríe. Y te invita a que chafardees su taller en lo que va a buscar una botella de cava. «Casi todas las piezas son interactivas», explica. Como si te hubieras colado en un museo con carteles que advirtieran «¡por favor, tocar!». Así llamó a una de sus exposiciones. 

Estás en una antigua nave de 1900 del Poblenou. Ocho invitados se sientan a la mesa con el mismo recelo que los del Cluedo. La mayoría no se conocen. Pero acabarán haciéndose confidencias de panda de amigos. Incluso una se irá a casa con una oferta de trabajo. 

Lo llaman mealsurfingcolunchingsocial dining. Ahora lo habitual es quedar a cenar con desconocidos. «La mesa es la red social original», dice Sandra Vives, directora de márketing en España de Eatwith. Esta aplicación lleva cinco años ofreciendo «experiencias culinarias» en casa de alguien. Ya funciona en 130 países. De sus encuentros han salido «amistades, relaciones e incluso matrimonios», asegura Sandra.

Cena sensorial. / Manuel Franco Angarita

En Barcelona se puede ir a tomar el aperitivo en la terraza de un palacio del Gòtic, hacer el afterwork en una jungla urbana o probar un menú degustación en un loft de diseño. Hay más de 40 experiencias. ¿Las más curiosas? Cenas sensoriales (se come con venda), con mapping e incluso teatro en la mesa. De 24 a 150 euros por persona.

Cena G-astronomy: con mapping en la mesa.  

«Cena creativa en un estudio de escultura». Así anuncian la experiencia de hoy. Es decir, que si aquí pides un cortado, lo más probable es que Pablo te mande a cortar alguna pieza. Hace dos años que este artista visual  comparte mesa y mantel en su taller. «Es una posibilidad de divulgar lo que haces de primera mano», asegura. 

LO+

Comes como en casa, conoces gente nueva y hasta aprendes a soldar.

LO-

Abstenerse foodies. Hay demasiadas cosas que hacer como para andar fotografiando platos.

La mesa parece una mini ONU. O el principio de un chiste. Hay cuatro españoles, tres ingleses, un uruguayo y una alemana que habla seis idiomas. Entre la sopa de zanahoria y curri y el risotto, se pasa de la timidez a la camaradería. ¿Que te pones un poco chispa? Pues terminas brindando con una careta de soldar acero puesta.

Curso de escultura exprés

«Os voy a contar una historia». Antes del postre, Pablo coge una pizarra y te da un curso de escultura exprés. «¿Qué es una línea?», pregunta. Y a todos se os queda cara de Homer Simpson. Pero saldrás de aquí viendo líneas, planos y puntos como si tuvieras la visión de Terminator. 

Y, ahora, a jugar con las chispas, anima el escultor. Y te ajusta al brazo una de sus herramientas. «Tú aprieta y empezará a salir fuego», te pide. No da mucha confianza que te lo diga alejándose de ti. Terminas apretando, con sus respectivos chispazos, y cortas tu primera pieza de acero. Pablo también enseña a plegar y soldar. Y ahí es cuando empiezas a brindar con la careta de soldar.

Dos invitadas de la cena creativa en el taller de Pablo Bruera brindan con las caretas de soldar puestas. / FERRAN NADEU

«Experimentas con todos los sentidos –dirá Inés tras el postre–. Hemos aprendido un montón. Cuando vea líneas, puntos y planos, me acordaré de ti», le promete a Pablo. «Es una forma de acercarse a la escultura de una manera informal», apunta Èrica. «Y te sientes como en casa», añade Sandra. 

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