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EL MUSEO IMAGINARIO

El jardín de Viran Morros

El jugador de balonmano del Barça regresa a sus días de infancia en la Carretera de les Aigües

David Torras

Viran Morros contempla Barcelona, cerca de la casa donde creció.

Viran Morros contempla Barcelona, cerca de la casa donde creció. / JOAN CORTADELLAS

Desde hace años, la segunda (o la primera) casa de Viran Morros (Barcelona, 1983) es el Palau Blaugrana, el escenario donde anda coleccionando títulos (ocho Ligas y tres Champions, que se unen a un oro, una plata y dos bronces con la selección) y que le ha alejado más de lo que le gustaría del paisaje que marcó su infancia.

Pero siempre que puede, este melenudo de 1,99 metros, especialista en defensas imposibles, acostumbrado a dar y a recibir palos, amante de la pocha, un juego de cartas tan endemoniado como adictivo, se escapa a la que durante mucho tiempo fue su pista preferida: un jardín de infancia con las mejores vistas, al pie de la casa que compró su padre a principios de los 70 y donde él vivía hasta hace poco.

El amor le ha hecho bajar de la montaña e instalarse en el centro. Pero los recuerdos de aquellos momentos perduran y en cuanto pisa esa zona de la Carretera de les Aigües, su rostro dibuja una nostálgica sonrisa. «Salía mucho en bici, a correr, con los perros, a pasear con mis padres. Era como el jardín de nuestra casa», recuerda el jugador, que lleva seis temporadas en el Barça y que tiene el honor de lucir un nombre único. No hay muchos Viran en el mundo. «En teoría no hay ninguno más. Es un invento de mi padre», dice. Una mezcla de Ramon (él) y Maria Victòria, su madre.

Con él solía ir al punto que elige para este museo imaginario y contemplar juntos un gran espectáculo. «La gente venía a lanzar aviones teledirigidos. Era increíble», dice. Ahora, pese a admitir el incordio que supone la «masificación» de los fines de semana, mantiene esa atracción por uno de los rincones a los que lleva a los amigos de fuera «para que vean lo que es Barcelona». La montaña y el mar. Uno de los símbolos de una ciudad «única», que hay que «disfrutar», pero también «proteger».

Para Viran sigue siendo su jardín.