Opinión | DAME UNA NOCHE

Escritor.
Envidias pasajeras
Casi todos nos conformamos con avergonzarnos por sentir esa rivalidad, e intentamos pensar en otra cosa

El escritor Martin Amis, autor de 'La información'. / Archivo
No sé si en literatura se puede vivir sin rivalidad y envidia. Seguramente, no. Quizá lo contrario condujese a un estilo de vida sano, próspero y aburrido, en el que acabamos muertos antes de tiempo. Hay un momento en 'El príncipe negro' (1973), de Irish Murdoch, en el que el protagonista, Bradley Pearson, sostiene que "un inteligente escritor (probablemente francés) ha dicho: no basta con triunfar, otros tienen que fracasar". Hemos constatado ya tantas veces que es así, que además de un poco excesiva, hiperbólica, la afirmación resulta contenida: todo a la vez.
Los años empiezan, continúan y acaban de la misma parecida manera: en algo más que disparidad de pareceres entre autores, en la que se trasluce que uno aborrece lo que representa el otro. Y tampoco implica nada demasiado espantoso: vivir rodeados de otros seres humanos hace la envidia inevitable. No sé a dónde llevaría, en el rango de locura, la tentativa de erradicarla. Se vuelve dificilísimo examinar tu envidia; casi todos nos conformamos con avergonzarnos por sentirla, e intentamos pensar en otra cosa.
Pasa entre creadores –no nos limitemos a escritores, pensemos en cineastas, por ejemplo, o en artistas– por naturaleza casi siempre seres susceptibles, que juzgan el éxito de los otros ante todo una injusticia, por cuanto consideran que lo alcanzan a expensas del mérito. La novela de Murdoch aborda justo ese gran tema. Bradley Pearson es un escritor convencido de ser un hombre lúcido, moralmente serio y entregado al arte. El otro protagonista, Arnold Baffin, también es escritor, y entre sí son amigos y competidores.
Bradley desprecia el éxito comercial de Arnold mientras intenta desesperadamente escribir una gran obra, una de verdad. Bajo sus teorías sobre el arte puro aparecen la ambición, el resentimiento, el deseo de reconocimiento y la necesidad de sentirse superior. Ahí encaja la idea de que no es suficiente con tener éxito, sino que además necesitas ver cómo fracasa la idea del arte que encarna el otro, indigente comparada con la tuya. Para quitar hierro al asunto, Bradley se dice que "acogemos las catástrofes de nuestros amigos con un placer que realmente no excluye la amistad".
Martin Amis, en 'La información' (1995), llevó aún más allá la rivalidad entre creadores, abordando dos de las cuestiones que abrasan al escritor: la llegada silenciosa de la decadencia, y el hecho de que a veces el talento no basta. Richard Tull y Gwyn Barry, los protagonistas del libro, nacieron con apenas un día de diferencia. Ambos quisieron ser grandes novelistas. Richard parecía destinado al éxito y Gwyn a la mediocridad. Pero 30 años después lo que ha ocurrido es lo contrario.
Tull comenzó a tener problemas para publicar sus siguientes novelas, su agente lo despidió, y la nueva, cansada de sus fracasos, empezó a cobrarle la impresión y el envío de manuscritos a las editoriales. Mientras cae en picado, tiene que ver cómo Gwyn, a sus ojos un lamentable novelista, triunfa a escala mundial. La humillación se le hace insoportable, hasta que cristaliza una única tarea ante él, una exaltación en la que podía empeñar implacablemente toda su pasión y todas sus fuerzas: "joder a Gwyn" como sea. La envidia deja de ser un impulso pasajero y se convierte en una forma de mirar el mundo.
Dadas las circunstancias, casi estoy a favor de la envidia momentánea y discreta, como en aquella historia que contaba Manolo Rivas de un señor que envidiaba en silencio a su vecino. Juzgaba que todo lo suyo era mejor, pero entonces pactó con el diablo y su suerte cambió. Al vecino le pasó por encima un camión y lo mandó al hospital. Tras la convalecencia, el día que regresó a casa, el hombre resentido lo vigilaba desde la ventana. Este ya no tenía nada que envidiarle, y, sin embargo, al verlo salir del coche, aún dejó escapar un lamento: "Qué bien cojea ese cabrón".
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