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Opinión | MANO DE PÁGINA

Antonio Puente

Antonio Puente

Escritor y crítico literario

Otra noche Lorca

"¿Qué más da? ¡Era rojo y marica!", profirió su delator, tras el asesinato del poeta, el 18 de agosto de hace 90 años

Federico García Lorca.

Federico García Lorca. / EP

"¡Que le den café, mucho café!", cuentan que fue la lacónica orden lanzada por el alto mando militar de Sevilla, Gonzalo Queipo de Llano, en un mensaje chuscamente cifrado que, para reforzar el secretismo, incluía que no lo devolvieran hecho una piltrafa. Y fue, en efecto, una muy limpia ejecución, la de aquel aciago 18 de agosto, el más simbólico pistoletazo de salida de la Guerra Civil.

Privilegios del protocolo del despiste, dos días antes, García Lorca, Federico, fue atípicamente conducido a las dependencias del Gobierno Civil, y no al campamento improvisado junto al campo de ejecución, como los otros tres fusilados de su tanda: el maestro de escuela Galindo González, Dióscoro, y los banderilleros anarquistas Galadir Melgar, Francisco, y Arcollas Cabezas, Joaquín.

Cargado de toda suerte de supersticiosas premoniciones con efecto retroactivo, el "poeta de la muerte", como lo llamó Pedro Salinas, se erigiría, en cambio, en "el poeta que no tuvo su muerte", como lo retrató Rafael Alberti. Así, ojo por diente y diente por ojo, si en 'Poeta en Nueva York' había escrito que "el Rey de Harlem, con una cuchara, golpeaba el trasero de los monos", es fama que recibió el tiro de gracia en el ano; tan acorde, por lo demás, con la saña postrera de su delator, el linotipista y exdiputado de Acción Católica Ramón Ruiz Alonso: "(¿Qué más da?) ¡Era rojo y marica!".

Solo ese rótulo recibiría por toda sentencia de muerte, junto a los olivos, el heterodoxo escritor, crítico con cualquier forma de poder y propiciatorio autor de "dramas rurales"... "¿Rojo Federico?", Alberti siempre alucinaba, contrito, en este punto. La única adscripción política que se le conocía era la defensa a ultranza de un erotismo libertario.

Identidad política

Amigo íntimo de gentes de ideología muy diversa –lo era, por ejemplo, de José Antonio Primo de Rivera–, cuando en una de sus últimas entrevistas le preguntaron por su identidad política, Lorca respondió con su habitual desparpajo: "Soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico". En realidad, el móvil y la autoría más cabales de su asesinato nos los ofrece Luis Cernuda en la elegía que le dedica, 'A un poeta muerto': "Toda hiel sempiterna del español terrible / Que acecha lo cimero / Con su piedra en la mano".

En síntesis, como en una macabra premonición detenida o un sórdido mensaje destinado a cebarse finalmente sobre el propio mensajero, asiste a su muerte la misma oscuridad telúrica y esa tensión de inminencias acechantes e inconclusas que transpiran sus dramas y poemas. "Una vitrina de espuelas", la definió, antes de convertirse él mismo, por un birlibirloque de la necrofagia, en el más visible personaje de Lorca; y el hirsuto olivar de Granada (donde el autor de 'Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías' fue ejecutado, como señalábamos, junto a dos banderilleros, ¿para qué queremos más?) devendría en el coto cerrado y tópico de su escenografía desbordante.

Cuando se cumplen 25 años, además, del derrumbe de las Torres Gemelas, y en un contexto bélico y de crisis global, suena peculiarmente visionario el colapso del futuro que subrayó en 'Poeta en Nueva York'. "¡Oh salvaje e impúdica Norteamérica!", dirá, en el momento exacto del 'crack' del 29 y en el lugar exacto de Wall Street, donde data, con ruinosa profecía, "el hueco de la danza / sobre las últimas cenizas...". "El tifón Federico", como lo llamó entrañablemente Vicente Aleixandre, denotaría, en ese mismo poemario, finalmente, que todo cuanto nos circunda es "geometría y angustia".